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21

Dic

¡Iquique y la matanza del 21 de diciembre de 1907! | Nelson Mondaca I.

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Nelson C. Mondaca Ijalba
nmonijalba@gmail.com

Me detengo a meditar por unos momentos, mientras por nuestras calles el ruido de sirenas, música y bandas, carros alegóricos en caravanas, pastillas y dulces reparten la alegría de la Navidad del Viejito Pascuero por la ciudad.

Es inevitable para un ser humano no abstraerse en esta fiesta navideña. La paz y el amor cristiano, expresados de diferentes formas, realzan el nacimiento del niño Jesús.

En medio de esta felicidad navideña, resulta una tarea más que difícil detenerse para levantar la vista hacia acontecimientos históricos que ocurrieron hace más de un siglo. Especialmente cuando, en nuestro país, hemos padecido y vivido desastres que han sacudido los cimientos de nuestra democracia.

El mundo está en permanente cambio. Algunos piensan que no y permanecen anclados al siglo pasado. Dos guerras mundiales, con miles de personas muertas, nos muestran la barbaridad bélica en límites inconmensurables e infinitos del infierno del imperio antihumano.

El poder y la codicia humana se hacen más fuertes en la misma medida en que hacen desaparecer literalmente verdades, dominan naciones ejerciendo el control de las riquezas naturales y la explotación social. Justifican el exterminio humano y destruyen la vida de nuestra hermosa tierra. Se creen amos del planeta y ellos son los dioses del planeta.

Los episodios de guerra en la Franja de Gaza nos narran hechos que la humanidad no puede silenciar. Son crímenes masivos contra seres humanos, inocentes y pacíficos. EE.UU. no puede ser cómplice activo de este exterminio. Aquí no se trata de ser de izquierda y/o derecha.

Parece que nos olvidamos de que las guerras han permanecido como una constante muy dolorosa desde el principio del mundo.

No podemos ignorar que el avance de la humanidad, sus progresos y su desarrollo más confortable, se lo debemos al progreso de la ciencia. El hombre ha llegado a la Luna y a otros planetas de nuestra galaxia. Satélites nos permiten comunicaciones a largas distancias. Podemos ver grandes eventos de un continente a otro como si estuviéramos presentes. El despliegue de la tecnología y la robótica es cada vez más común en nuestro diario vivir.

El ser humano es más consciente de su propia esencia y, por naturaleza, fortalece estos valores que no se tranzan en el mercado bursátil. Vivimos con el peligro encima de una Tercera Guerra Mundial. Pero esta vez, las armas nucleares destruirían todo vestigio de nuestra naturaleza y sería el apocalipsis de nuestra tierra. Todo destruido, y su atmósfera no podría recuperarse por siglos de los siglos. Es decir, sería el fin de la especie humana.

Miren, esta Navidad me lleva a detenerme en mi extenuado andar. Creo que es bueno meditar y pensar por unos breves momentos. Vivimos otros tiempos. Chile no es ajeno a los acontecimientos que ocurren más allá de nuestras fronteras. Me gusta la noción de la autodeterminación de los pueblos y la soberanía de su destino. De lo contrario, se permite que cualquier potencia con poder armamentista se entrometa en asuntos que son propios de cada pueblo y nación, con el fin de adueñarse de sus tesoros. ¿Me hago entender?

En tal sentido, el actual Gobierno del Presidente Boric, según lo pienso, ha sabido manejar estos delicados asuntos. No es simple ni fácil mantener una posición internacional independiente; toma una postura muy compleja. China es uno de los principales mercados de importaciones y exportaciones. Por otro lado, EE.UU. es nuestro segundo principal mercado y muchas de las políticas de nuestro crecimiento emanan del imperio norteamericano, que mantiene de rodillas a sus aliados o en el “patio trasero”. La dignidad de nuestro país no es indiferente a los embates de la historia del presente sudamericano.

Guardamos experiencias muy valiosas y hasta milagros por luchar contra la pobreza y la desigualdad. Aún existen millones de niños padeciendo hambre, miserias, y la muerte ronda su nacimiento. Se habla de méritos y grandeza del crecimiento; sin embargo, florece el nacionalismo. Este se queda en cada amanecer. Entiendo que se construye el amor por el dinero y el capitalismo nos hace ver como enemigos y no como hermanos.

Mis ideales ven cosas que me rompen el alma. No hay que inventar nada. Amar la vida se hace un sueño del cual no quiero despertar. Con mis ojos cerrados se rompe mi corazón y se me cansan las piernas. El pensamiento viaja a veces lento y otras veces rápido. Lo más triste es perder a nuestros seres amados. Nadie es indiferente a estas vicisitudes; tocan lo más hondo de nuestro ser. Puedo reconocer que hay bajo el cielo ángeles, seres humanos que siempre permanecen a nuestro lado y no te abandonan cuando la oscuridad te toca el alma. Ese amor, sí, ese amor humano, no se hace polvo y no desaparece con cada amanecer.

Amigos, amigas, lectores: yo miro lo que aconteció un 21 de diciembre de 1907. La clase trabajadora de aquellos tiempos fue valiente, amante del sol y del desierto. Abrazaron un clima de contrastes, forjaron sus familias en la extracción del oro blanco. Su fuerza física y jornadas laborales de 16 horas diarias o más, sin medidas de seguridad, tornaban su piel blanca en color canela, oscura y morena por el intenso calor de la pampa. Estas son verdades indesmentibles; no es ficción ni literatura ideológica.

Los trágicos acontecimientos de la Escuela Domingo Santa María del 21 de diciembre de 1907 son un trago muy amargo en nuestra historia republicana. Los dueños del poder y de la industria del salitre, el Gobierno de turno, impusieron sus designios de explotación humana a punta de ametralladoras y logística de fusilería militar. Terrible, atroz, horrible y pavoroso, por donde se analice y mire. El poder político en Santiago jamás pagó su error y menos se sintió culpable de aquella espantosa tragedia pampina.

Cuando volvemos a las páginas de esta matanza obrera y sus familias, nos remontamos a un pasado triste y sangriento de nuestra clase trabajadora. El pueblo de Iquique fue solidario con los huelguistas.

Quienes somos sus descendientes hacemos un alto en medio de esta Navidad. Honramos su lucha por la justicia y su legado contra la explotación humana. Gracias.

Nelson C. Mondaca Ijalba
nmonijalba@gmail.com


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