
El comando de Jeannette Jara parece un bote a la deriva en medio de una tormenta perfecta. Lo que prometía ser una candidatura de unidad se transformó en un campo de batalla donde Lautaro Carmona dispara fuego amigo sin pudor, el Socialismo Democrático se desespera por no hundirse con el barco y el Frente Amplio mira la escena con impotencia desde el sexto piso de Londres 76.
El War Room (cuarto de situación) de la candidata está integrado por el sociólogo Darío Quiroga (Ind.), coordinador del comando; la abogada Camila Miranda (FA), a cargo del área programática; la presidenta del Frente Amplio, Constanza Martínez; el socialista Ricardo Solari; el secretario general del PPD, José Toro; y la secretaria general del PC, Bárbara Figueroa. Sin embargo, carecen de un jefe de campaña definido, lo que revive la clásica frase: “Muchos toquis y pocos indios” o “Muchas manos ahogan la guagua”. La ausencia de liderazgo único se traduce en dispersión estratégica y en falta de coherencia hacia fuera.
Una campaña que busca instalar comunicacionalmente la consigna Súbete a la “Jaraneta’, mientras desde el propio Partido Comunista, el ala lautarista–jaduista mira con desdén y preferiría un eslogan con más ‘clase’, algo así como el ‘Por-Che Guevara’. Más allá del chiste interno, la ironía refleja una realidad incómoda: las fracturas ideológicas dentro del partido son tan evidentes que ni siquiera logran ponerse de acuerdo en el vehículo simbólico que los representa.
Las grietas al interior del comando ya son inocultables. Ricardo Lagos Weber, Bárbara Figueroa y Lautaro Carmona se enfrentan en público, mientras que Mario Marcel se convierte en una piñata ideológica recurrente. Entre tanto, la candidata comunista cae en las encuestas, consumiendo más tiempo en apagar incendios internos que en construir relato político y una narrativa consistente. A esto se suma la cuestionada decisión de esconder a Jara de los debates, en los cuales –-objetivamente– no ha mostrado un desempeño sólido. Los errores comunicacionales y la lenta gestión de crisis, que tardan días en resolverse cuando deberían zanjarse en horas, refuerzan una imagen devastadora: hacia la ciudadanía, el comando no transmite ni estrategia ni unidad, solo desorden.
Ante esto, la pregunta es brutal: ¿qué busca realmente Carmona al dinamitar, una y otra vez, la campaña de su propia candidata?
Una hipótesis es que juega al “poli malo” para que Jara aparezca como la moderada. Pero el libreto salió mal: la ciudadanía no percibe contraste, sino caos. Otra lectura es más cruda: Carmona ya dio por perdida la presidencial y apuesta todo a salvar al PC en el Congreso, aunque eso signifique entregar a Jara como carne de cañón. Una tercera posibilidad es íntima y feroz: nunca toleró que la disidencia interna lo sobrepasara y, a punta de críticas, quiere recordarle al partido quién manda.
Sea cual sea la hipótesis correcta, el resultado es el mismo: una candidatura que se hunde, mientras sus rivales, Evelyn Matthei y José Antonio Kast, corren con mensajes claros y disciplina militar.
Y aquí aparece la paradoja más provocadora de este ciclo político. La fragmentación del oficialismo y la certeza de perder la presidencial pueden abrir un escenario impensado: que la izquierda, la misma que hoy combate a Matthei, termine votando por ella en una segunda vuelta o peor aún, votando por Matthei en primera y en segunda vuelta.
¿Exageración? Francia ya vivió ese libreto. En 2002, Jacques Chirac se enfrentó a Jean-Marie Le Pen en segunda vuelta. La izquierda, horrorizada ante la posibilidad de un triunfo de la ultraderecha, cerró filas con Chirac, representante de la centroderecha. Dos décadas después –el 2022–, la misma lógica se repitió con Macron contra Marine Le Pen. El principio fue el mismo: cuando el sistema está en riesgo, la ideología se relativiza. Y bueno, si quiere un ejemplo en chile, Claudio Orrego se enfrenta a Karina Oliva en la segunda vuelta a gobernadores, donde el socialismo democrático cerro filas con Orrego, dejando a Oliva Caer –junto a un par de facturas–.
Chile podría replicar esa historia. Con un Kast creciendo en las encuestas y un oficialismo fracturado, un gobierno que se desgrana, que sufre entre pato cojo y la ingobernabilidad, mientras el PC y el Socialismo Democrático tendrán que decidir: ¿es mejor entregar La Moneda a Evelyn Matthei, la derecha moderada, o arriesgarse a que la ultraderecha arrase con todo?
El dilema es tan incómodo como inevitable. Matthei, con su perfil pragmático, podría convertirse en el “mal menor” para una izquierda que, por supervivencia, preferiría verla en La Moneda antes que enfrentar la arremetida de un Kast desatado.
Lo irónico es que el desorden interno del oficialismo podría terminar pavimentando el camino a su peor pesadilla: no solo perder el gobierno, sino tener que entregárselo con las propias manos a la derecha. En política, lo impensado siempre está a la vuelta de la esquina.
Terminare esta columna citando al abogado, político y decimosexto presidente de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln: “Nos podemos quejar porque los rosales tienen espinas, o alegrarnos porque las espinas tienen rosas”. La política chilena parece haber elegido la primera opción: quejarse de las espinas mientras deja que el rosal se seque. El oficialismo se consume en peleas intestinas, en guerras de egos y en pugnas ideológicas que desconectan cada vez más a la ciudadanía. La oposición, por su parte, apuesta a la inercia de la crisis, convencida de que el desgaste del gobierno bastará para allanarles el camino, sin ofrecer tampoco un proyecto claro que convoque mayorías.
Lo más preocupante es que la política se ha vuelto un ejercicio de resistencia más que de conducción. Un oficialismo que sobrevive apagando incendios internos, un progresismo que defiende ideas que ya no generan adhesión social y una derecha que se contenta con capitalizar el descontento sin construir horizonte. Entre tanto, la gente observa cómo las prioridades –seguridad, pensiones, salud, empleo– quedan subordinadas al ajedrez palaciego.
Si Lincoln apelaba a ver la rosa entre las espinas, la política chilena parece haber optado por otra vía: abrazar las espinas y dejar morir la flor.
El Sol de Iquique no comparte necesariamente las opiniones de los invitados, panelistas, columnistas y conductores, porque en este medio todos pensamos diferente. Aunque no necesariamente.













