
La victoria de Jeannette Jara en las primarias oficialistas representa un punto de inflexión para la izquierda chilena. Con más del 60% de los votos, la militante comunista logró imponerse con claridad. Pero no nos engañemos: más que un ascenso hegemónico del Partido Comunista (PCCH), su triunfo podría marcar el principio del fin de la coalición gobernante, y la resurrección del histórico sentimiento anticomunista en Chile.
¿La candidata Jara sin duda supo leer el momento?, la candidata comunista leyó mejor que sus contendores el contexto: conectó con el nuevo electorado del voto obligatorio, activó el clivaje de clase y construyó un relato emotivo y de origen popular. Supo presentarse como una figura cercana, con un lenguaje menos doctrinario, desmarcándose discursivamente del PC en temas como Cuba, Venezuela y derechos humanos. Es, sin duda, una operadora hábil que utilizó su experiencia como ministra y su carisma para movilizar un electorado que sintió que el resto hablaba desde arriba.
También es cierto que Carolina Tohá y Gonzalo Winter ofrecieron campañas desconectadas de las urgencias populares. Pero reducir el análisis a quién hizo mejor campaña es simplista: lo que aquí se pone en juego es mucho más profundo.
Esta primaria tuvo escasa participación y un resultado inflado, aunque se celebró la participación de 1,4 millones de personas, el dato clave es otro: sólo votó un 8,9% del padrón. La votación de Jara (825 mil votos) es significativamente menor a la de Boric en 2021 y muy inferior a la de Bachelet en 2013. Por tanto, su «arrasador triunfo» ocurrió en una primaria minoritaria, donde básicamente votó el núcleo duro del oficialismo, una elección de nicho que no supo encantar en medio de escándalos de corrupción.
Así, la supuesta «ola roja» es más una marejada controlada que una marea transformadora. En la primera elección presidencial con voto obligatorio, Jara deberá triplicar sus votos para pasar a segunda vuelta. ¿Es eso realista en un país donde el comunismo sigue siendo percibido como una amenaza por amplios sectores?
Hoy el PCCH se enfrenta a su eterno dilema: avanzar sin mostrar los dientes, el Partido Comunista ha sido históricamente hábil en esconder su radicalismo tras rostros presentables. Lo hizo con Gladys Marín, lo intentó con Daniel Jadue, y ahora con Jeannette Jara. Pero el disfraz tiene límites. En una campaña presidencial extendida, el fantasma del comunismo reaparece con fuerza: Cuba, Venezuela, China. Reaparecerán personajes y sus regímenes sanguinarios como Stalin (†20 millones), Pol Pot (†3 millones), Ho Chi Minh (†2 millones), se hablara de estatismo, control ideológico, y resistencia al pluralismo económico. Jara podrá hablar de crecimiento, pero la mochila doctrinaria pesa.
Basta recordar que el PC ha rechazado sistemáticamente los acuerdos de la transición, denostando “los 30 años” como traición de clase. Hoy, aspira a gobernar lo que ha despreciado. Y aunque Jara intente suavizar su discurso, ¿puede realmente una candidata comunista conducir una coalición amplia sin caer bajo la tutela del comité central?
Retorna del anticomunismo, en un país que sufrió las consecuencias de la polarización ideológica, el anticomunismo nunca desapareció del todo. Solo dormitaba. El fantasma que Jara intenta esquivar —ese que la obliga a “descomunistizar” su campaña— puede reaparecer con fuerza en la primera vuelta. Porque el temor no es hacia su figura personal, sino hacia lo que representa: la puerta de entrada a un proyecto que muchos ven como retrógrado y polarizante.
Y aquí es donde la derecha y el centro tienen un espacio: capturar el voto moderado, ese que no quiere ni el regreso del autoritarismo ni la refundación ideológica. Ese espacio hoy está huérfano y será objeto de intensa disputa, posiblemente liderada por Evelyn Matthei, ME-O o incluso un outsider de centro como Ximena Rincón o Franco Parisi.
Apruebo Dignidad, una coalición sin nombre y al borde del colapso, el mayor problema que deja el triunfo de Jara no es para la oposición, sino para su propia coalición. El PS, el PPD, la DC y el PR tienen ahora que decidir si siguen subordinados a un liderazgo comunista o si buscan una candidatura alternativa que represente al progresismo democrático. La unidad sin exclusiones, pensada como fórmula electoral, ha derivado en una bomba de fragmentación.
Porque, aunque hoy Jara concita apoyos formales, estos responden más al miedo de quedar fuera de la lista parlamentaria que a una adhesión ideológica real. En rigor, Jara ganó porque los otros perdieron, pero su victoria puede costarle muy caro a toda la izquierda.
¿Y los costos políticos?, el escenario político actual parece ignorar completamente la necesidad de asumir responsabilidades. Tras una derrota tan aplastante, los presidentes regionales de los partidos del oficialismo –Alejandra Ceballos (Frente Amplio), Luis Astudillo (PS) y la dirigencia regional del PPD– deberían dar un paso al costado. Los resultados evidencian una desconexión total con el territorio y una falta de trabajo político en la base. No tienen calle, no tienen respaldo, y hoy no se sostienen en sus cargos.
Lo que se viene, Lo más probable es que el oficialismo, tal como lo conocemos, no sobreviva a esta elección. La candidatura de Jara no garantiza segunda vuelta, menos aún victoria. Lo que sí garantiza es que el eje de la campaña girará hacia la confrontación ideológica: pueblo vs élite, Estado vs mercado, comunismo vs anticomunismo. Un terreno donde, históricamente, el PC ha perdido más de lo que ha ganado.
La izquierda chilena cometió un viejo error: confundir entusiasmo militante con mayoría nacional. Y Jeannette Jara, pese a su talento político, no podrá borrar el rojo soviético de su carnet.
Su mayor amenaza no es la derecha, sino la sombra de su propio partido. Y en un país donde el recuerdo de la Unidad Popular aún genera pasiones y temores, eso podría ser fatal.
Una reflexión necesaria, el triunfo de Jara no es una señal de hegemonía, sino una advertencia. El PC ha pasado de fiscal a protagonista, y ahora deberá rendir cuentas. Chile no ha abrazado el comunismo; simplemente no tenía mejores opciones en una primaria mal diseñada. Pero cuando llegue noviembre y vote el país real, el espejo puede romperse. Y el costo político será alto.
Cierro con una célebre frase de la política y estadista británica Margaret Thatcher: “El socialismo (y el comunismo) fracasa cuando se les acaba el dinero… de los demás.” Una reflexión que sigue vigente, especialmente cuando el comunismo intenta disfrazarse de moderación. La historia nos ha enseñado que detrás de las promesas de igualdad, muchas veces se esconden alzas de impuestos -para cumplir las promesas de campaña-, el estancamiento económico, la pérdida de libertades y la captura ideológica del Estado. Chile no puede permitirse repetir esos errores.
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