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04

Abr

Jesús de Nazaret: el hombre, la política, el conflicto y la cruz

Una nota sobre las pruebas de su existencia, el poder romano y la dimensión política de su muerte

Por: Rodrigo A. Longa T.

“Jesús es, con mucho, la figura más dominante de la historia.”
H. G. Wells

Más de dos mil años después de su muerte, Jesús de Nazaret sigue siendo, al mismo tiempo, una figura de fe y un problema de la historia. La teología discute su naturaleza; la devoción lo adora; la cultura lo reescribe una y otra vez. Pero la pregunta que interesa al historiador es otra, más austera y más exigente: ¿existió realmente como hombre del siglo I, o fue una construcción posterior? La investigación contemporánea, lejos del sensacionalismo, no parte de la idea de un mito puro. Parte de una distinción básica: una cosa es el Cristo de la fe y otra el Jesús histórico, es decir, el predicador judío que actuó en Galilea y Judea bajo dominación romana. Ese es el terreno donde trabaja la historia.

La primera clave para entender el problema es que el “Jesús histórico” no se reconstruye desde un solo libro ni desde una lectura ingenua de los Evangelios. Los propios especialistas distinguen entre textos de fe y materiales útiles para reconstrucción crítica. En ese cuadro, las cartas de Pablo ocupan un lugar central: son anteriores a los Evangelios y fueron escritas apenas unas décadas después de la crucifixión. No ofrecen una biografía completa, pero sí presuponen algo decisivo: que Jesús fue una persona real, crucificada, cuyo movimiento seguía vivo y cuya memoria era compartida por comunidades ya extendidas fuera de Judea.

A esa base cristiana temprana se suman referencias externas que vuelven muy difícil sostener que Jesús fue una invención literaria tardía. Flavio Josefo, historiador judío del siglo I, al narrar la muerte de Santiago, escribe que fue llevado ante el sanedrín “el hermano de Jesús, llamado Cristo”. La frase es breve, pero historiográficamente poderosa: no presenta a Jesús como una alegoría ni como una figura mítica, sino como un referente suficientemente conocido como para identificar a otro personaje a partir de él.[1]

El segundo testimonio externo clave es romano. Tácito, al explicar la persecución de Nerón tras el incendio de Roma, dice que “Christus”, origen del nombre de los cristianos, “sufrió la pena extrema” bajo Tiberio, “a manos de… Poncio Pilato”. La hostilidad del pasaje le da precisamente valor histórico: no es un testimonio devocional, sino el recuerdo de una ejecución que el propio poder imperial asociaba al origen del cristianismo.[2]

Con eso basta para afirmar algo importante, aunque limitado: la historia no puede probar milagros, resurrección o divinidad, pero sí puede sostener con fuerza que detrás de la tradición cristiana hubo un judío real del siglo I, ejecutado en Judea bajo autoridad romana. El debate serio, por tanto, ya no consiste en preguntar si existió, sino en determinar qué clase de figura fue, qué tensiones encarnó y por qué terminó en una cruz romana.

Para entender eso hay que entrar en el escenario. Judea no era una periferia tranquila, sino un territorio sometido, fiscalizado y religiosamente inflamable. Roma gobernaba mediante prefectos, élites locales y alianzas con autoridades sacerdotales; cualquier figura con ascendiente popular podía convertirse en un problema político. Herodes Antipas gobernó Galilea y Perea durante el ministerio de Jesús, mientras Poncio Pilato fue prefecto de Judea entre 26 y 36 d.C. y presidió el tramo final del proceso que terminó en la crucifixión. Caifás, a su vez, fue sumo sacerdote entre aproximadamente 18 y 36 d.C., lo que lo convirtió en una pieza de continuidad entre el poder religioso local y la administración imperial.[3]

En ese punto la arqueología refuerza la documentación literaria. La llamada inscripción de Pilato, hallada en Cesarea, conserva la referencia a “Pontius Pilatus” como “praefectus Iudaeae”, lo que confirma epigráficamente a uno de los protagonistas del juicio y de la muerte de Jesús.[4] Algo similar ocurre con Caifás: el Museo de Israel conserva el osario elaborado de “Joseph son of Caiaphas”, descubierto en una cueva funeraria del sureste de Jerusalén, un hallazgo que no “prueba” por sí solo cada detalle evangélico, pero sí ancla al personaje en un mundo histórico verificable.[5]

También Juan el Bautista, uno de los actores decisivos del comienzo del ministerio de Jesús, aparece fuera del Nuevo Testamento. Josefo menciona que algunos judíos interpretaron la derrota militar de Herodes como castigo por lo que había hecho contra “John, that was called the Baptist”, “Juan, al que llamaban el Bautista”. El dato importa por dos razones: confirma externamente a Juan y muestra que el mundo que rodeó a Jesús estaba lleno de predicadores carismáticos cuya capacidad de convocatoria era leída por el poder como un riesgo real.[6]

Ahí aparece la dimensión política de Jesús. No en el sentido moderno de un jefe partidario ni, necesariamente, en el de un caudillo militar, sino en algo más propio de su tiempo: en una provincia ocupada, hablar del Reino de Dios, interpelar a las autoridades, reunir discípulos y entrar en Jerusalén en Pascua era moverse dentro de un campo inevitablemente político. Incluso la investigación de Yale sobre el “Jesús histórico” recuerda que parte del problema moderno ha sido separar al personaje reconstruible por la crítica del Cristo confesado por la fe; una vez hecho eso, su figura vuelve a aparecer dentro de los conflictos muy concretos del siglo I.

Uno de los episodios más citados para domesticar políticamente a Jesús es la frase sobre el tributo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Leída en frío, parece un respaldo nítido al pago de impuestos y, por extensión, al orden romano. Pero la investigación reciente es mucho más cauta. N. Clayton Croy subraya que la pregunta sobre el tributo era “políticamente peligrosa” porque no tenía respuesta segura: un “no” lo exponía a la acusación de sedición; un “sí” lo alejaba del sentir popular. Croy concluye que, leída con la escena completa y con la moneda en la mano como apoyo visual, la respuesta de Jesús difícilmente puede interpretarse como un llamado directo a la no tributación; pero tampoco queda reducida a una doctrina simple de obediencia al imperio.[7]

La matización es todavía mayor si se mira el detalle numismático e histórico. Warren Carter resume una línea de investigación según la cual el dicho puede ser más antiguo que la escena concreta en Marcos, mientras que la aparición del denario con la imagen imperial podría reflejar una construcción marcana posterior. En otras palabras, el núcleo del dicho puede ser temprano, pero la escenificación con la moneda no necesariamente reproduce con exactitud el episodio histórico tal como ocurrió. Eso obliga a escribir con prudencia: Jesús no aparece como propagandista de Roma, pero tampoco hay base sólida para convertir esa frase, por sí sola, en una consigna antitributaria revolucionaria.[8]

Dicho más claramente: el episodio del tributo no autoriza a presentar a Jesús como “pro-Roma”. Lo que muestra es a un predicador que se mueve con astucia en un terreno minado, evita la trampa y subordina cualquier deber civil a una obligación mayor: la debida a Dios. La investigación de Croy incluso señala que el dicho no dibuja dos esferas limpias e independientes, sino que obliga a pensar la relación entre deber hacia César y deber hacia Dios. En un contexto imperial, esa subordinación no es menor.

Otro dato incómodo para la imagen de un Jesús enteramente despolitizado es la presencia, entre los Doce, de Simón el Zelote. El problema aquí no está en el texto, sino en su interpretación. La propia Britannica advierte que es incierto si Simón pertenecía realmente al partido nacionalista de los zelotes anterior al año 70. Y la investigación especializada lleva décadas discutiendo si el término “zelote” designaba ya una facción organizada antes de la gran revuelta judía o si, en muchos casos, aludía simplemente al “celoso”, al fervoroso.[9] Por eso, lo serio no es afirmar sin más que uno de los discípulos era un guerrillero antiromano, sino escribir que el movimiento de Jesús convivía con sensibilidades capaces de rozar, al menos en lenguaje y expectativas, el campo de la resistencia nacional-religiosa.

La noche de Getsemaní refuerza esa zona gris. Los Evangelios no describen a un grupo completamente inerme: hablan de armas, de al menos dos hojas cortantes y de un ataque contra el siervo del sumo sacerdote. Justin Meggitt, en un estudio reciente, sostiene que la tradición de que los discípulos estaban armados al momento del arresto “parece probable”. Pero el mismo trabajo pone freno a las simplificaciones: el término griego machaira puede abarcar desde cuchillos robustos hasta armas cortas, y el hecho de que los discípulos portaran hojas no basta, por sí solo, para demostrar una insurrección organizada.[10]

Eso cambia mucho el encuadre periodístico. Sí, la noche del arresto había armas. Sí, uno de los seguidores de Jesús reaccionó violentamente. Pero de ahí no se sigue automáticamente que Jesús encabezara una célula revolucionaria preparada para derrotar a Roma. Lo que aparece, más bien, es un grupo tensionado, consciente del peligro, insertado en un clima apocalíptico y político donde la frontera entre defensa, esperanza mesiánica y resistencia no siempre era nítida.

La pregunta final, entonces, no es solo quién fue Jesús, sino por qué murió como murió. Y aquí la forma de su ejecución importa tanto como los discursos sobre su persona. La crucifixión fue un método romano de castigo, aplicado por el poder imperial; y en el caso de Jesús, la decisión final pasó por Pilato, el prefecto de Judea. De ahí una inferencia historiográficamente razonable: su caso fue procesado bajo lógica de orden público, soberanía y control imperial, no como una mera disputa religiosa doméstica. De hecho, Cambridge incluye el juicio y la crucifixión de Jesús dentro de un volumen dedicado precisamente a los juicios políticos.[11]

Por eso la cruz no puede leerse solo como símbolo devocional retrospectivo. Antes de ser altar, fue suplicio; antes de ser icono, fue castigo público. La historia no obliga a convertir a Jesús en un comandante insurgente, pero sí impide reducirlo a un maestro moral sin fricción con el poder. Su muerte bajo Pilato, en una provincia vigilada por Roma, obliga a reconocer que su palabra, su presencia y su recepción popular tocaron un nervio político real.

Ese es, probablemente, el punto más firme al que hoy puede llegar un reportaje histórico serio: Jesús de Nazaret existió como hombre; su círculo y su entorno pertenecieron a un mundo atravesado por fiscalidad imperial, liderazgo religioso, expectativa mesiánica y violencia latente; y su ejecución demuestra que las autoridades no lo percibieron como una figura irrelevante. La historia no puede confirmar la fe, pero tampoco permite despachar a Jesús como un mito sin cuerpo. Al contrario: lo devuelve a la tierra áspera del siglo I, allí donde religión, política y poder se confundían en una misma pelea por el sentido del mundo.

Jesús no fue político en el sentido estrecho y moderno de la palabra. No fundó un partido, no levantó un ejército, no ocupó un palacio ni dictó edictos. Y, sin embargo, pocos hombres han ejercido una fuerza política tan profunda sobre la historia. Habló de un Reino superior al de los emperadores, desafió las seguridades del poder, incomodó a las autoridades de su tiempo y terminó en la cruz reservada por Roma para quienes perturbaban el orden. Su palabra no fue inocua: entró en la historia como entran los hombres que cambian el sentido de una época, alterando no solo las creencias, sino también la forma en que los pueblos entienden la justicia, la autoridad, el dolor, la dignidad y la esperanza.

Por eso Jesús de Nazaret no permanece solo como figura religiosa, sino como un acontecimiento histórico. Antes de él, el mundo antiguo hablaba el lenguaje de los imperios, de la fuerza, de la jerarquía y de la obediencia. Después de él, incluso sus adversarios tuvieron que dialogar con su huella. Su vida dividió la historia no solo en una fórmula cronológica de antes y después, sino en algo más profundo: en una grieta irreversible en la conciencia de Occidente. Desde entonces, nadie ha podido pronunciar del mismo modo palabras como poder, verdad, sacrificio, reino o redención. En esa tensión entre el hombre, el conflicto y la cruz, Jesús dejó de pertenecer solo a Judea y pasó a convertirse en uno de los pocos nombres capaces de partir el tiempo en dos.


Notas

[1] Flavio Josefo, Antigüedades judías 20.200: referencia a “el hermano de Jesús, llamado Cristo”, pasaje generalmente considerado uno de los testimonios extrabíblicos más sólidos para la existencia histórica de Jesús.

[2] Tácito, Annales 15.44: “Christus… sufrió la pena extrema” bajo Tiberio y Poncio Pilato; es uno de los testimonios romanos más importantes sobre la ejecución de Jesús.

[3] Para el marco político: Britannica sobre Herodes Antipas, Poncio Pilato y Caifás. Antipas gobernó durante el ministerio de Jesús; Pilato fue prefecto de Judea entre 26 y 36 d.C.; Caifás fue sumo sacerdote aproximadamente entre 18 y 36 d.C.

[4] La inscripción de Pilato, conservada en el proyecto Inscriptions of Israel/Palestine de Brown University, registra “Pontius Pilatus” como “praefectus Iudaeae”.

[5] El Museo de Israel identifica un osario elaborado de “Joseph son of Caiaphas”, hallado en Jerusalén, utilizado frecuentemente como apoyo arqueológico para la existencia histórica de la familia sacerdotal vinculada a Caifás.

[6] Josefo también menciona a Juan el Bautista y vincula su muerte con Herodes, lo que ayuda a reconstruir el mundo de predicadores carismáticos que rodeó a Jesús.

[7] N. Clayton Croy, “Show Me the Money: Jesus, Visual Aids, and the Tribute Question” (Tyndale Bulletin, 2020): la pregunta sobre el tributo era “políticamente peligrosa” y la respuesta de Jesús no equivale, sin más, a una doctrina de rebelión ni a un simple manifiesto de colaboración.

[8] Warren Carter, “The Things of Caesar: Mark-ing the Plural (Mk 12:13–17)” (HTS Teologiese Studies, 2014): el dicho puede ser pre-marcano, mientras que la escena concreta del denario podría responder a una elaboración posterior del evangelista.

[9] Sobre Simón el Zelote: Britannica señala que es incierto si pertenecía al partido nacionalista zelote; estudios clásicos y recientes discuten si una facción propiamente llamada “zelote” existía ya antes del 66 d.C.

[10] Justin Meggitt, “Putting the Apocalyptic Jesus to the Sword: Why Were Jesus’ Disciples Armed?” (2023): considera probable que los discípulos estuvieran armados al momento del arresto, pero advierte que eso no basta para probar una insurrección organizada.

[11] Ron E. Hassner y Kenneth Sexauer, “The Trial and Crucifixion of Jesus”, en Political Trials in Theory and History (Cambridge University Press, 2017): encuadra el juicio y la crucifixión dentro de una lectura formal de juicio político.

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