ALE
K‑Personaje salió a escena con toda la energía que los caracteriza, pero la Quinta no estaba en modo “vamos a pasarlo bien”. Venía caliente, molesta, todavía digiriendo el corte abrupto a Asskha Sumathra, que dejó al público con esa sensación amarga de que algo no se hizo bien. Y en ese clima, con la pifia todavía flotando, les tocó entrar.
La partida fue rara desde el primer segundo. K‑Personaje alcanzó a cantar unas pocas canciones cuando, de la nada, los animadores volvieron a aparecer en el escenario. No fue elegante ni orgánico: fue una interrupción que descolocó a todos, incluidos ellos. La Quinta reaccionó con ese murmullo largo que no necesita traducción: “¿Qué está pasando ahora?”. Y con razón. Dos cortes seguidos en menos de diez minutos no es normal ni para Viña.
Aun así, K‑Personaje respiró hondo y siguió. Se afirmaron en su humor rápido, en su estilo de calle, en esa complicidad que suelen construir con el público. Y, pese a todo, lograron sacar risas. No las carcajadas limpias de una noche tranquila, pero sí esas risas que aparecen cuando la gente quiere que el show funcione, aunque el ambiente esté torcido.
Era una mala noche. Y K‑Personaje hizo lo que pudo para enderezarla, incluso cuando la producción parecía empeñada en lo contrario.
Al final, lo que quedó no fue un fracaso ni un triunfo rotundo. Fue la sensación de haber visto a un grupo que se la jugó en un contexto adverso, intentando levantar una noche que otros dejaron caer. Y eso, en Viña, también se valora.













