Irina Karamanos reapareció con un dardo irónico hacia María Pía Adriasola, esposa del Presidente electo José Antonio Kast, cuestionando el retorno del rol de Primera Dama como un retroceso “de reinados”, contraponiendo “sacos de dormir o tronos” y reivindicando que Chile puede ser “presidencialista” y, a la vez, “contemporáneo”.
Mención especial merece Alonso de Ercilla, quien ya en La Araucana advertía que “Chile no ha sido por rey jamás regida ni a extranjero dominio sometida”. Hablar hoy de un supuesto “Reino de Chile” no solo constituye un error histórico, sino una caricaturización burda de nuestra tradición republicana, que revela –según el caso– ignorancia histórica o un exceso de relato ideológico disfrazado de metáfora.
El problema no es que Karamanos opine. El problema es la grieta ética y administrativa que deja su postura cuando se contrasta con los hechos: denunció el rol como anacrónico, pero administró un aparato público asociado a ese rol; lo desarmó, pero su desmontaje tuvo costos; y, mientras critica la figura, en espacios internacionales se le ha presentado (y ella no siempre ha desmentido con igual énfasis) bajo el rótulo que pretendía superar. En la “Gaceta UNAM”, por ejemplo, aparece referida como “primera dama” en una actividad académica de 2022.
Ahí está el nudo: no basta con ser contemporáneo en el discurso si la administración termina siendo clásica en el gasto, opaca en el propósito y débil en resultados.
La contradicción de fondo: parentesco no, pero… estructura sí. Karamanos y el Frente Amplio sostuvieron –en línea con lo expresado por la ministra Antonia Orellana– que “en un Estado moderno” la función pública no puede depender de un vínculo de parentesco. Ese argumento puede ser razonable: profesionaliza, reduce arbitrariedades y evita que “la pareja de” sea un atajo institucional.
Pero el “modelo Karamanos” terminó pareciéndose demasiado a aquello que criticaba:
- Hubo un gabinete, con roles, funciones, comunicaciones, asesoría jurídica y coordinación, es decir, estructura estatal funcionando alrededor de una figura sin mandato popular y con atribuciones discutibles. La propia Contraloría concluyó que no correspondió denominar una unidad como “Gabinete Irina Karamanos” porque implicó usar injustificadamente su nombre e imagen, además de observar problemas de juridicidad en la asignación de funciones.
- La Presidencia debió corregir formalmente la denominación, sustituyéndola por “Coordinación Sociocultural”.
- Incluso se registraron dominios web asociados al “Gabinete Irina Karamanos” al inicio del gobierno, pese a que luego se habló de “error administrativo”, lo que tensiona la versión de improvisación inocua.
En simple: se rechazó el símbolo, pero se mantuvo (y reforzó) la maquinaria. Se cambió el letrero, no necesariamente la lógica.
Los gastos del “gabinete”: el costo político de predicar austeridad desde arriba. La defensa típica dice: “Karamanos no tenía sueldo”. Puede ser cierto en términos personales. Pero el punto no es el sueldo de Karamanos: es el gasto público asociado a su instalación.
Distintos reportes de prensa detallaron que el equipo a su alrededor incluía seis asesores con remuneraciones que, sumadas, rondaban cerca de $20 millones mensuales, con sueldos individuales en torno a los $3–4 millones en varios casos.
¿Es ilegal? No necesariamente. ¿Es incoherente con el relato? Bastante. Porque la tesis del “Estado moderno” se tradujo, en la práctica, en un staff moderno para un rol que se decía desmantelar.
Y aquí la crítica no es moralista: en política pública, si desmontas una institucionalidad, debes demostrar que el reemplazo cuesta menos, funciona mejor o resuelve un problema real. Si no, es solo cirugía estética con boleta fiscal.
El cierre de la Coordinación Sociocultural: cuando el símbolo se come a la política pública. Karamanos impulsó la modificación institucional del rol y luego el cierre de la Coordinación Sociocultural de la Presidencia (diciembre de 2022), traspasando fundaciones a ministerios sectoriales.
La promesa implícita era: “menos personalismo, más institucionalidad”. Pero el balance que hoy se discute públicamente es incómodo: varias fundaciones perdieron visibilidad y acceso directo al corazón político de La Moneda, y algunas entraron en dificultades o derechamente cerraron.
- Ex-Ante reportó que, tras el traspaso, una fundación terminó cerrándose y dos exhiben números rojos (en el marco de su reporte).
- En el detalle: se menciona el cierre de Chilenter tras un proceso de “cierre ordenado”, y pérdidas relevantes en Prodemu en 2024 según diversos reportes.
- El debate sobre Artesanías de Chile también aparece asociado a crisis económica y a la discusión sobre si el antiguo “paraguas” sociocultural permitía enfrentar mejor la gobernanza y el financiamiento.
No todo esto es atribuible a Karamanos (sería simplista): hay factores presupuestarios, de gestión interna y del ciclo económico. Pero si tu “legado” consiste en reordenar instituciones, entonces tu evaluación depende, justamente, de si ese reordenamiento mejoró la sostenibilidad y la capacidad de acción. Hoy, al menos, existe evidencia pública de deterioro en casos concretos, y eso vuelve discutible la épica del “cambio contemporáneo”.
La vara histórica: lo que sí dejaron las primeras damas desde 1990
Aquí conviene salir del meme (“reina” vs “ciudadana”) y mirar con seriedad lo que fue el Área Sociocultural y el Rol de las Primeras Damas en democracia. Desde 1990, la figura fue –para bien o para mal– una palanca de agenda social, a veces complementaria, a veces redundante, pero con hitos verificables:
Leonor Oyarzún (1990–1994)
- Impulso a la transformación que derivó en la actual Fundación Integra y al trabajo socioeducativo postdictadura; además, se reconoce su rol en el origen/impulso temprano de Prodemu y la creación de la Fundación de la Familia (hoy Fundación de las Familias, creada en 1990).
Marta Larraechea (1994–2000)
- Liderazgo de programas y modernización del trabajo social ligado a Prodemu; además, se le atribuye un rol clave en la creación del Comité Nacional para el Adulto Mayor, antecedente del actual SENAMA.
Luisa Durán (2000–2006)
- El programa “Sonrisa de Mujer” (atención odontológica) reportó una expansión masiva de cobertura, y su periodo se asocia a la creación o impulso de fundaciones culturales y sociales como FOJI (en su red) y la instalación de iniciativas con alto reconocimiento ciudadano.
Cecilia Morel (2010–2014; 2018–2022)
- Impulso emblemático a Elige Vivir Sano, que luego se institucionalizó como sistema intersectorial mediante ley (Historia de la Ley 20.670).
Uno puede criticar la falta de base legal explícita del rol o el riesgo de “agenda paralela”. Pero, frente a esa historia, la pregunta incómoda para Karamanos es directa: ¿qué política pública queda como legado equivalente, más allá del cierre de una coordinación y del cambio de nombre? La respuesta es simple, No dejo ningún programa y ningún legado. Solo el gasto millonario.
El punto ciego de Karamanos: el símbolo sin reemplazo
Karamanos parece haber operado con una idea seductora en redes sociales: “si algo suena antiguo, se elimina”. Pero los Estados no funcionan como hilos de X. En institucionalidad social, lo relevante no es solo suprimir: es sustituir con gobernanza y resultados.
Por eso su crítica a Adriasola no cae en terreno neutral. Porque la discusión ya no es “¿primera dama sí o no?”, sino:
¿Quién coordina redes de fundaciones con tracción política real?, ¿Cómo se evita el nepotismo sin perder capacidad de articulación?, ¿Cómo se controla el gasto y se justifica el equipo?, ¿Qué marco de transparencia y rendición se exige? (incluida la corrección que exigió Contraloría en este caso).
Si Karamanos viaja, dicta charlas y trabaja con ONGs (como han reportado medios) y en el extranjero se le presenta como “exprimera dama”, entonces el debate se vuelve aún más delicado: no puedes pedirle a Chile que sepulte una figura por considerarla arcaica y, al mismo tiempo, capitalizarla simbólicamente fuera del país cuando conviene para el CV. Con suculentos estipendios de por medio.
Eso no es modernidad: es administración del relato. Un relato que Karamanos maneja muy bien desde el discurso de la “Moralidad Superior”.
Hoy la pregunta seria ¿el rol puede ser discutible; la coherencia es innegociable?
Chile puede –y debe– discutir si corresponde reponer “Primera Dama”, reconvertirla en un rol cívico sin dependencia administrativa, o terminar de institucionalizar la coordinación en ministerios con métricas y control.
Pero si se va a criticar el retorno, hay que hacerlo con una autoridad que Karamanos debilitó: la coherencia entre discurso, gasto y resultados.
Porque, al final, el país no necesita “tronos” ni “sacos de dormir” como metáfora: necesita buena gobernanza, fundaciones sostenibles, transparencia real y políticas sociales que no dependan de un romance, un apellido ni una tendencia. Y lo mas importante, dejar un legado que beneficie a la sociedad en general y no solo a los propios.
“La Grandeza tiene un precio y ese precio es la responsabilidad”. Winston Churchill.
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