mayo 26, 2026

Ingresar

mayo 26, 2026
inicionoticiasactualidadcultura popdeportesempresasopiniónpolíticatierra de campeonesalta suciedad

13

Oct

La hora decisiva de Kast y Matthei: gobernar o dividir, el gran dilema de la derecha | Por Rodrigo Longa

1731145320160
Rodrigo A. Longa Teran Cientista Político y Administrador Público Universidad Tecnológica Latinoamericana

La historia política chilena ofrece pocas ocasiones en que la disputa por el poder haya estado tan concentrada en un solo sector ideológico. Hoy, el tablero presidencial se ha reducido esencialmente a dos nombres: Evelyn Matthei y José Antonio Kast. Ambos representan sensibilidades distintas de la derecha, pero con un destino común: la probabilidad –cada vez más evidente– de que uno de ellos asuma la Presidencia de la República en marzo próximo.

Esa certeza, sin embargo, no ha traído serenidad. Al contrario, ha desatado una competencia intensa, a ratos virulenta, que amenaza con debilitar al bloque antes de enfrentar a su verdadero adversario: la continuidad del actual oficialismo, encarnada en la candidatura de Jeannette Jara. Lo advirtió con claridad el senador Luciano Cruz-Coke al pedir “parar la tontera”. Porque mientras los comandos opositores cruzan dardos, el gobierno observa en silencio cómo el eje de la derecha se desgasta en un fuego amigo que solo favorece a La Moneda.

El fin de las trincheras cómodas

Lo que ocurre entre Matthei y Kast no es simplemente una pugna por hegemonía partidaria. Es la confrontación entre dos visiones de país y, sobre todo, dos modos de ejercer el poder. Matthei encarna una derecha pragmática, que aprendió de la gestión y que busca dialogar sin renunciar a sus convicciones. Kast, en cambio, representa la derecha doctrinaria, la de los principios intransables y el diagnóstico implacable frente al fracaso del progresismo.

Ambas perspectivas tienen méritos y riesgos. La primera corre el peligro de diluir su identidad en aras del consenso; la segunda, de encerrarse en una pureza ideológica que aísla. Pero Chile no votará por quién defiende mejor los límites del “sector”, sino por quién ofrece una conducción capaz de reconciliar al país después de una década de fracturas.

Esa es la paradoja: cuanto más se ensimisman las derechas en su competencia interna, más se alejan del electorado que dice querer representarlas. Porque la mayoría de los chilenos –esa gran franja que no milita ni confía en los partidos– no busca vencedores morales, sino gobernantes eficaces. Lo que el país demanda hoy no es una cruzada, sino un rumbo.

El voto como acto de confianza

Toda elección es una apuesta. Al marcar una preferencia, los ciudadanos confían en que ese nombre será capaz de enfrentar lo inesperado: una crisis económica, un conflicto internacional, una nueva ola de descontento social. Como recordaba Edgar Morin, lo que más abunda en la historia es lo imprevisto. Y si algo aprendió Chile desde 2019 es que los liderazgos se ponen a prueba precisamente cuando el guion se rompe.

Por eso, más que discutir quién es más “duro” o más “conciliador”, la derecha debería concentrarse en demostrar quién está mejor preparado para gobernar en un escenario incierto. El país no necesita discursos inflamados, sino estadistas capaces de combinar convicción con sensatez. La integridad personal, la templanza y el respeto por las instituciones pesan más que cualquier consigna de campaña.

El ejemplo de Patricio Aylwin, que en 1990 se declaró “presidente de todos los chilenos”, sigue vigente. No porque Matthei o Kast deban imitar su ideología, sino porque aquel gesto simbolizó algo esencial: la política como instrumento de cohesión, no de revancha. Hoy, cuando Chile continúa arrastrando heridas abiertas, ese principio debería ser un punto de partida, no un recuerdo nostálgico.

Las lecciones de la historia reciente

La experiencia de los últimos años debería bastar para advertir el peligro del exceso ideológico. El país conoció el extravío de una izquierda convencida de que podía refundarlo todo desde cero, impulsada por el fervor de la calle y el oportunismo del Congreso. No necesitamos que esa ceguera se reproduzca en sentido inverso.

Una derecha que aspire a gobernar no puede presentarse como correctora autoritaria del pasado, sino como garante de un futuro común. Chile no soportaría otro ciclo de polarización, ni puede darse el lujo de un gobierno que confunda firmeza con inflexibilidad. Gobernar no es ganar la guerra cultural; es construir acuerdos duraderos en un contexto donde nadie posee la verdad absoluta ni el monopolio del patriotismo.

El desafío de gobernar el Chile real

Kast y Matthei deben entender que su competencia se da frente a Chile entero, no ante sus respectivas militancias. Los “celos derechistas” interesan poco al votante medio. Lo que sí importa es la capacidad de asegurar una atmósfera de diálogo, de ordenar la economía sin sacrificar cohesión social, y de restablecer la confianza en la autoridad sin renunciar a las libertades.

Ambos candidatos están obligados a ofrecer una visión amplia del país, no solo un relato sectorial. Chile es una nación cansada del ensayo y error, de las refundaciones sucesivas y del espectáculo de la política como guerra permanente. Por eso, quien logre transmitir serenidad, visión de Estado y sentido de propósito será quien conquiste la voluntad mayoritaria.

El poder, decía Tocqueville, “embriaga como el vino fuerte”. El desafío para la próxima administración –sea cual sea su signo– será no sucumbir a esa embriaguez. Entender que gobernar es escuchar, y que en democracia nadie gana todo ni gana para siempre.

En definitiva, la derecha chilena tiene ante sí una oportunidad histórica: demostrar que puede gobernar sin fanatismo, con madurez y sentido republicano. Pero para lograrlo deberá primero resolver su propio dilema interno: si quiere ser una alternativa de futuro o seguir discutiendo su pasado. Porque mientras la derecha se mira al espejo, la izquierda se reorganiza. Y Chile, simplemente, espera.

Cerraré esta columna citando al poeta y crítico francés André Suarès, quien escribió: “En política, la sensatez consiste en no responder a las preguntas. La habilidad, en no dejar que las hagan.” Una frase que encierra más de lo que parece: la prudencia, la inteligencia táctica y, sobre todo, la conciencia de que gobernar exige algo más que instinto o impulso. Es un llamado a la unidad, a la cohesión y al liderazgo sereno que requiere Chile para conducir su destino con sabiduría. Un cierre épico de un proceso de alternancia, para un tiempo que demanda estadistas, no caudillos.


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa el diario.

Comentarios

Deja el primer comentario

ingreso de usuario

Google reCaptcha: Clave de sitio no válida.