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12

Ene

La mayoría nunca tiene la razón: ¿el mundo de espaldas a la democracia? | Por: Rodrigo A. Longa Terán

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Rodrigo A. Longa Teran
Cientista Político y Administrador Público
Universidad Tecnológica Latinoamericana

“La mayoría nunca tiene la razón”, sentencia inoportuna pero real. La frase que Henrik Ibsen pone en boca del Dr. Stockmann en Un enemigo del pueblo nos lleva a una reflexión profunda: ¿es realmente buena la democracia?

Es una frase incómoda, casi antipática, y por lo mismo funciona como bisturí: corta el músculo más sensible de la política moderna, esa idea instalada de que, si muchos creen algo, entonces debe ser lo correcto.

Hoy el mundo ofrece una escena perfecta para poner a prueba esa incomodidad. El V-Dem Democracy Report 2025 sostiene que, por primera vez en más de dos décadas, hay menos democracias (88) que autocracias (91). Y no es solo un conteo: el mismo informe indica que el 72% de la población mundial vive en autocracias, el nivel más alto desde 1978. Además, las democracias liberales —las que combinan elecciones con controles al poder, libertades y Estado de derecho— se han vuelto el tipo de régimen menos común: 29 en 2024.

Si la democracia es minoría, ¿significa que es un “peor” modelo? Y si el presidencialismo también es minoritario en el planeta (37 de 199 países), ¿no sería una señal de que “lo mejor” está en otra parte?

La tentación es fuerte, porque suena matemática: si la mayoría de los países no vive en democracia, entonces la democracia “pierde” en el mercado de sistemas políticos. Pero ese razonamiento se cae por una confusión básica: la mayoría describe, no justifica.

La “mayoría” mundial no es un plebiscito sobre calidad

Que existan más autocracias que democracias no prueba que las autocracias gobiernen mejor. Prueba otra cosa: que las autocracias han sido más eficaces en sobrevivir, expandirse o capturar instituciones en este ciclo histórico. V-Dem lo llama directamente una “ola mundial de autocratización” y subraya deterioros en libertades clave: por ejemplo, la libertad de expresión retrocedió en 44 países para 2024.

Eso no es “preferencia popular global”. Es, muchas veces, asimetría de poder: control de medios, persecución selectiva, reescritura de reglas, captura judicial, restricción de competencia. La autocracia no se reproduce porque convenza; se reproduce porque reduce el costo de seguir mandando.

Por eso, cuando miras otras mediciones, el panorama se repite con distintos lentes. Freedom House muestra que solo el 20% de la población vive en países “Free”, mientras el 40% vive en “Partly Free” y el otro 40% en “Not Free”. No es un voto mundial: es el mapa de dónde se puede disentir sin pagar con la vida o la libertad.

Y el Democracy Index 2024 de la Economist Intelligence Unit estima que solo el 45% de la población vive en democracia, mientras una porción importante vive bajo regímenes autoritarios o híbridos. Además, registra un descenso del puntaje promedio global a su nivel más bajo desde 2006.

Tres fuentes, una idea: la democracia se está achicando como espacio político, no porque sea menos valiosa, sino porque es más difícil de sostener cuando el poder se vuelve impaciente.

“La mayoría nunca tiene la razón” no significa “la minoría siempre la tiene”

Aquí hay otra trampa. Ibsen no nos da una licencia para el elitismo (“si muchos lo creen, es falso”). Nos advierte sobre el riesgo de convertir la cantidad en verdad.

La democracia, bien entendida, tampoco dice “la mayoría tiene razón”. Dice algo mucho más modesto y civilizado: si no estamos de acuerdo, decidimos sin matarnos y dejamos puertas abiertas para corregir. Esa es su superioridad real: no garantiza gobiernos sabios; garantiza alternancia, crítica, rectificación y límites.

La autocracia, en cambio, puede prometer eficacia. A veces incluso la exhibe —carreteras, orden, rapidez—, pero su costo oculto es estructural: sin control, el error se convierte en política de Estado y la mentira en método. Y cuando el poder no puede perder, tampoco puede aprender.

El presidencialismo: minoritario no es sinónimo de inferior

Que un formato sea minoritario no lo condena. Lo que importa es el ecosistema institucional: partidos, reglas de coalición, justicia, medios, descentralización, control presupuestario y cultura política.

Un presidencialismo con contrapesos reales puede ser estable y legítimo; un presidencialismo sin contrapesos puede volverse un atajo al caudillismo. La variable no es “presidente sí/no”, sino cuánto cuesta abusar del poder y qué tan fácil es remover a quien gobierna mal sin incendiar el país.

Esto conecta con una advertencia útil de la evidencia comparada reciente: incluso democracias “fuertes” muestran deterioros en derechos, representación y confianza. International IDEA, por ejemplo, viene señalando que por varios años seguidos hay más países que retroceden en calidad democrática que los que avanzan. Es decir: el problema no es solo “autocracia vs democracia”, sino democracias que se autodesgasten desde dentro.

Entonces, ¿por qué defender un modelo minoritario?

Porque hay minorías que no son “raras”: son pioneras. Y porque la pregunta “¿la mayoría tiene la razón?” está mal planteada. La pregunta correcta sería:

¿En qué sistema el poder rinde cuentas? ¿En cuál es más probable que un ciudadano común pueda hablar, organizarse, investigar, denunciar? ¿Dónde el gobierno puede perder sin que el país colapse?

V-Dem muestra que la democracia es minoría en número y, sobre todo, que la humanidad vive mayoritariamente bajo regímenes donde esas garantías se reducen. Freedom House y EIU, con otros instrumentos, describen la misma tendencia.

La democracia no es “mejor” porque sea popular. Es mejor —cuando funciona— porque institucionaliza el desacuerdo y vuelve reversible el poder. En política, esa reversibilidad es oro: significa que el país no depende de la virtud de un líder, sino de reglas que sobreviven a los líderes.

Ibsen nos deja el aguijón: la mayoría puede equivocarse, y a veces se equivoca durante décadas. Pero la lección final no es nihilista. Es un recordatorio de que la democracia no se defiende por moda, sino por su valor esencial: permite cambiar sin romperlo todo.

Y en un planeta donde la democracia es menos, quizá la pregunta ya no sea si “la mayoría tiene la razón”, sino si todavía nos queda el coraje de sostener un modelo que, precisamente, existe para que ninguna mayoría —ni ningún hombre fuerte— tenga la última palabra para siempre.


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.

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