
Cientista Político y Administrador Público
Universidad Tecnológica Latinoamericana
Lo ocurrido hoy en La Moneda hoy no fue un simple malentendido entre dos liderazgos incompatibles. Fue algo más serio: la evidencia de que Chile llegó al tramo final de un cambio de mando presidencial con las confianzas rotas, la información disputada y los egos sentados en la cabecera de la mesa. La reunión entre Gabriel Boric y José Antonio Kast, fijada para este martes 3 de marzo como una instancia clave de transición antes del cambio de mando del 11 de marzo, había sido solicitada por el propio presidente electo para abordar materias sensibles como seguridad, migración, relaciones internacionales, conectividad y administración del Estado, con participación posterior de ministros y futuras autoridades. Pero la cita terminó abruptamente luego de que, según Boric, Kast le exigiera retractarse de su versión sobre el intercambio previo de información respecto del llamado cable chino.
Y el trasfondo no era menor. La polémica gira en torno al proyecto de cable submarino ligado a China Mobile, que terminó abriendo un conflicto diplomático con Estados Unidos, país que revocó visas a tres funcionarios del gobierno saliente, entre ellos el ministro de Transportes, Juan Carlos Muñoz. La Moneda ha insistido en que el proyecto nunca fue aprobado formalmente porque el decreto no alcanzó a ser visado por Contraloría, aunque se conoció que la concesión sí fue firmada el 27 de enero y dejada sin efecto 48 horas después. Ese zigzag administrativo, sumado a versiones contradictorias dentro del propio Ejecutivo, alimentó la sospecha, debilitó la credibilidad del gobierno y terminó contaminando la transición.
La primera responsabilidad política recae, sin vueltas, en Gabriel Boric. Un gobierno que se va no solo debe entregar la banda: debe entregar certezas. Y si en el cierre de mandato aparece una crisis geopolítica, sanciones extranjeras, decretos firmados y luego anulados, ministros descoordinados y explicaciones tardías, entonces el problema no es comunicacional, como tantas veces se intenta maquillar en Chile. El problema es de conducción. Boric termina su administración como tantas veces gobernó: con convicciones intensas, pero con una notoria dificultad para ordenar políticamente las consecuencias de sus propias decisiones. El cable chino no explotó solo; explotó en el corazón de un gobierno que subestimó el peso estratégico de sus actos y luego reaccionó tarde, mal y a la defensiva.
Pero Kast tampoco sale indemne. Tenía derecho -y hasta deber- de exigir información completa antes de asumir. De hecho, venía planteando “dudas legítimas” sobre varios frentes de la transición. Sin embargo, una cosa es pedir antecedentes y otra muy distinta es convertir la antesala de gobierno en una escenografía de agravio permanente. Si el presidente electo llegó a La Moneda solo para obtener una retractación pública, entonces actuó más como jefe de oposición que como jefe de Estado en formación. Y ese es un mal síntoma. Porque gobernar no consiste en ganar la última discusión, sino en administrar con frialdad institucional incluso aquello que indigna.
Lo más preocupante es que esta crisis no se produjo por una diferencia ideológica cualquiera, sino por un asunto que toca directamente la soberanía, la política exterior y la posición de Chile entre Estados Unidos y China. Es decir: no estamos hablando de un capricho protocolar, sino de una materia de Estado. Y cuando un tema de Estado se administra a punta de filtraciones, versiones incompatibles y conferencias improvisadas, lo que se erosiona no es solo la relación entre Boric y Kast. Lo que se erosiona es la imagen de seriedad del país.
Hay algo todavía más incómodo en esta escena: ambos sectores parecen sentirse más cómodos en la lógica de la imputación que en la de la continuidad republicana. Boric quiere irse dando la pelea final, defendiendo su legado y su relato. Kast quiere entrar marcando distancia, dejando claro que no cargará con pasivos ajenos ni con decisiones ambiguas del gobierno saliente. El problema es que entre una pulsión y la otra se pierde lo esencial: el país no necesita un último round, necesita una transición limpia.
En política, las formas importan porque revelan el fondo. Y la forma que vimos hoy fue deplorable. Un presidente saliente obligado a salir al patio a explicar que no mentía. Un presidente electo enfrascado en una disputa sobre quién informó qué y cuándo. Ministros presentes, pero un Estado ausente. Todo esto a una semana del cambio de mando. Todo esto en medio de un conflicto diplomático. Todo esto cuando lo mínimo exigible era sobriedad, coordinación y sentido de responsabilidad histórica.
La reunión fallida entre Boric y Kast no retrata solo el fin crispado de un gobierno ni el arranque áspero de otro. Retrata una degradación más profunda: la incapacidad de la élite política chilena para entender que hay momentos en que la vanidad debe callar y el Estado debe hablar. Hoy no fracasó solo una cita en La Moneda. Fracasó, aunque sea por unas horas, la obligación republicana de demostrar que Chile puede cambiar de mando sin convertir la transición en un campo minado. Porque al final, más allá de Boric y Kast, lo que estaba en juego hoy no era solo una reunión, sino la dignidad institucional de una transición. Y en eso conviene recordar a Montesquieu, en El espíritu de las leyes: “Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”. Cuando las formas se degradan, también se debilita la República.
En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.













