jueves - 29/07/2021

La siesta |@plumaiquiqueña

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En otra época, la siesta era una tradición sagrada en Latinoamérica, tanto oficinas como comercios y negocios cerraban a mitad del día para el descanso, un goce de gente privilegiada. Y es que no se duerme la siesta por ganas de vivir menos, sino de vivir más, despertarse es siempre empezar de nuevo.

Dalí colocaba una cuchara entre los dedos y un plato justo debajo de ella, al quedarse dormido la cuchara caía y golpeaba el plato despertando al pintor. Sin embargo, en este mundo moderno, globalizado, donde la economía es digital y las transacciones corren las 24 horas del día, no se puede interrumpir el trajín para irse a dormir. Sumado a que la urbanización ha llevado a los trabajadores a estar lejos de casa a la hora de la siesta. “Eso te pasa por no haber dormido lo suficiente”, repetía mamá al verme cansada. De niña no me explicaba por qué en casa, después de comer, mis padres declaraban la noche en pleno día y cerraban la puerta.

En este rincón del planeta, donde el diablo perdió el poncho, donde somos buenos para ir a la playa, comer chumbeque, probar un cavanchero para el lonche, bailar una diablada, hablar con orgullo de nuestra historia, calles y héroes, dormir la infaltable siesta, no es una casualidad. Iquique significa en aimara: Iki Iki, “lugar de sueños”, “lugar de descanso’’. Aquí la vida del iquiqueño se detiene por una hora después del almuerzo. No obstante, la siesta se ha diluido por los nuevos barrios y la llegada de otras culturas, pero en otros donde existe el barrio vivido; apodos; combos; despachos; carnavales; clubes y el avísale en cada esquina, se respira en forma subterranea un fluir de sensaciones tan nuestras para recuperarnos de la dura jornada de la mañana.

En casa de la abuelita Rosa, al frente del hospital, el nieto preferido buscaba descanso en los extintos colchones de lana, despavorido se levantaba de sus aposentos al escuchar al unísono los ronquidos de los demás parientes de la casa de madera.

– ¡No hay salud!, vengo a descansar y este repliegue insolente de bullicio atormenta mi sano juicio, vociferó con el ceño fruncido.

El nieto tenía toda la razón, la siesta es una institución, un acto sagrado para echar los huesos y el cuerpo.

En la semana, el glorioso se detiene más temprano, entre las noticias y la teleserie de la tarde, hasta el perro se acomoda silente a los pies de la cama en absoluta concomitancia con los dueños de casa. Infaltable es el ronquido ensordecedor que despierta al gato perezoso, haciendo crujir el techo con los cachureos apilados del año del cuete. Los fines de semana, la situación es diametralmente distinta, se rinde culto a la sobremesa, los aromas y sabores se entrelazan en cada resolana y la alegría manifiesta en cada carcajada. No existe horario ni calendario para la reunión familiar o con ellos; los infaltables amigos. Tampoco para el tema que nos convoca, me refiero a la siesta de artistas y parroquianos. Le llaman también el reposo del guerrero, el intervalo entre el sol y la luna.

La siesta tan cerca de las olas y la hermosura de la cuna blanca. Tan lejos de la noche oscura, de este virus maldito y los problemas que giran con la rueda de la noria.

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