Es evidente para todos que el Terminal de Buses de Iquique no está a la altura de lo que la ciudad necesita hoy. Llevamos más de treinta años escuchando promesas de remodelación o traslado, pero esas ideas siguen siendo solo eso: promesas. Y si algún día se concretan, probablemente pasen varios años más.
Mientras tanto, ¿qué pasa con la situación actual? El rodoviario no ofrece ni lo mínimo en comodidad para los pasajeros que esperan o toman buses hacia distintos destinos del país. Los baños no dan abasto para la cantidad de personas que circulan a diario, y el espacio en general se siente descuidado y poco acogedor.
Es común ver niños durmiendo en el suelo, locales de comida cerrados durante la noche, poca seguridad y una limpieza que deja bastante que desear. ¿De verdad tenemos que seguir esperando un nuevo terminal para que se hagan mejoras básicas? ¿No es posible que el municipio intervenga ahora, aunque sea con arreglos menores, para devolver algo de dignidad a los miles de usuarios que pasan por ahí cada semana?
La gente no pide lujos, pide lo justo: un lugar limpio, seguro, con servicios funcionando y condiciones mínimas para esperar un viaje. Hoy, el terminal no cumple con eso. Y lo más preocupante es que parece no importarle a quienes deberían hacerse cargo.
No se trata solo de infraestructura, se trata de respeto. Porque viajar en bus sigue siendo la opción más accesible para muchas personas, y merecen hacerlo en un entorno que los trate con consideración. El llamado es claro: que el municipio deje de mirar hacia otro lado y actúe. Porque la dignidad no puede seguir esperando.















