Por Edgardo Barría*
La tradición de los carros alegóricos nació en la década del 50, cuando trabajadores del Correo prepararon un camión adornado con motivos navideños. Allí instalaron a un viejo pascuero acompañado de músicos, y juntos llenaron de alegría las calles de Iquique en su recorrido.
En el Iquique antiguo, la Navidad se vivía con sencillez. Los regalos eran modestos, siempre al alcance de los padres, sin hipotecar el futuro de la familia. Juguetes de madera o plástico bastaban para hacernos felices, porque lo importante era recibir un obsequio, aunque humilde, entregado con cariño.
Éramos pobres en lo material, pero ricos en amor, solidaridad y valores. Lo más emocionante para nosotros, los niños, era ver pasar los carros alegóricos con el viejito pascuero lanzando pastillas. Con inocencia corríamos detrás del camión, manos en alto, implorando un dulce que parecía un tesoro.
Recuerdo junto a mi hermano Víctor la aventura de perseguir esos caramelos. No era lo mismo comprarlos: el valor estaba en la odisea de alcanzarlos entre la multitud, en la emoción de atrapar uno al vuelo.
Con el tiempo, Iquique vio crecer sus industrias pesqueras —llegaron a ser 28— y con más recursos, los trabajadores levantaron carros más sofisticados, con muñecos de moda que se movían y luces destellantes que parecían de otro planeta. Y, por supuesto, con pastillas de mejor calidad, lo que terminó opacando a los pioneros del Correo.
Los años pasaron y mi hermano Víctor, ya adulto, llegó a conducir el camión navideño de las pesqueras Guanaye, Eperva y Corpesca. Desde la cabina lanzaba pastillas a los niños, que repetían la misma escena de nuestra infancia: correr, recoger dulces y sentirse felices en su mundo de fantasía.
Hoy, desde mi ventana, observo a esos niños y reconozco en ellos la niñez que quedó grabada en mi memoria. Esa memoria colectiva que revive cada vez que nos reunimos en familia o con amigos de infancia, recordando aquellos días que no volverán, pero que siguen vivos en la emoción.
Porque al final, lo que importa es que los niños sean felices. La Navidad nos recuerda el nacimiento de Cristo, celebrado en la misa del gallo y en el pesebre que cada año vuelve a nacer en nuestro corazón.
Este artículo de Edgardo Barría Barría fue publicado originalmente en diciembre de 2010 en www.elsoldeiquique.cl, en los primeros años de nuestro portal. Lo hemos rescatado y republicado por su frescura y por el ambiente navideño de Iquique, también como homenaje en estas fiestas a un amigo y colaborador fallecido. Las fotos corresponden a carritos pascueros captados por la prensa de aquellos años en el puerto glorioso.
J.C.N.













