Por Rodrigo A. Longa T.

En política, los símbolos pesan tanto como los números. Y en la actual carrera presidencial chilena, los descuelgues de candidatos al Parlamento son más que un dato aislado: son un síntoma de poder, o mejor dicho, de su ausencia. Que un parlamentario o un aspirante a escaño decida abandonar una candidatura presidencial no es un mero capricho, sino un cálculo frío: ¿con quién conviene sacarse la foto? ¿Quién arrastrará votos y no se convertirá en un lastre?
En ese terreno, la candidatura de Evelyn Matthei se está quedando sola. Lo anticipaba Max Colodro: “Si Matthei no logra acortar la brecha con Kast, lo más probable es que la fuga de respaldos a nivel parlamentario se siga produciendo”. Y eso es exactamente lo que ocurre. Diputados de RN y UDI, concejales y figuras locales se deslizan hacia el campo republicano, atraídos por el magnetismo electoral de José Antonio Kast, hoy consolidado como el principal presidenciable de la derecha –o al menos es lo que demuestran las encuestas–.
El desgaste de Matthei: errores y desalineación
Matthei no solo enfrenta “fugas”, sino que arrastra errores estratégicos que la han encajonado políticamente. Su frase sobre los “muertos inevitables” del golpe y la incorporación de Juan Sutil, con su polémica defensa de la dictadura, dañaron su credibilidad en el electorado de centro, el espacio donde tenía más posibilidades de crecer. En materia de percepción negativa, Matthei se ubica en un 34%, por debajo de Kast (38%) y muy lejos de Jeannette Jara (48%), quien ya arrastra un relato negativo instalado en la opinión pública. Sin embargo, ese relativo “menor rechazo” no se ha traducido en crecimiento electoral: Matthei optó por atrincherarse en un sector conservador donde Kast ejerce hegemonía total.
Los descuelgues parlamentarios, en ese contexto, refuerzan la imagen de una candidatura en retirada. En la política chilena la disciplina partidaria es frágil: los candidatos al Congreso necesitan sobrevivir, y saben que atarse a un barco que se hunde es perder oxígeno. No es traición, es simple pragmatismo.
Kast y la agenda del miedo
Mientras Matthei se apaga, Kast se consolida. Su gran acierto fue abandonar las batallas culturales y concentrarse en la agenda de seguridad y orden público, el tema número uno de los chilenos según todas las encuestas. José Antonio Kast ha conectado con el principio de autoridad, una demanda social transversal que se volvió su mejor plataforma.
Los números lo confirman. Según la última Cadem, Kast alcanza un 28% de apoyo, en empate técnico con Jeannette Jara (27%), pero imponiéndose con holgura en un eventual balotaje de segunda vuelta: 44% versus 31%. En expectativa presidencial espontánea, donde los ciudadanos responden quién creen que será el próximo presidente, Kast lidera con 38%, diez puntos por encima de Jara y casi triplicando a Matthei, que se desploma al 10%, empatada con Franco Parisi.
Criteria, por su parte, muestra la misma tendencia: un Kast fortalecido, una Jara que resiste con el aparato oficialista y una Matthei estancada, incapaz de levantar vuelo.
Jara y el oficialismo: sobrevivir para negociar
La candidatura de Jeannette Jara es, en muchos sentidos, funcional. El oficialismo sabe que no ganará la presidencial, pero necesita una figura que permita ordenar a sus partidos y arrastrar votos parlamentarios. La salida de Mario Marcel de Hacienda –anticipando la derrota del progresismo– fue el cierre simbólico de un ciclo. El socialismo democrático y el PPD apuestan a resistir la tormenta y minimizar daños, incluso a costa de dejar que el PC sea el que pague los mayores costos de la derrota.
El quiebre en el oficialismo
A este cuadro se suma el quiebre en el oficialismo, que decidió concurrir a la parlamentaria en dos listas, evidenciando su incapacidad de articular un proyecto común en la recta final del gobierno de Boric. El Presidente ha mostrado fuerza en esta disputa interna al iniciar la desvinculación de militantes del Frente Regionalista Verde Social (FRVS), un proceso que partió con la salida del ministro Esteban Valenzuela y que ha continuado con presiones directas desde los servicios públicos hacia candidatos de ese partido: o bajan sus postulaciones o se van del gobierno. Esta fractura debilita aún más a la candidatura de Jeannette Jara, pues refleja que la coalición que la sostiene está más preocupada de administrar sus rencillas que de proyectar una alternativa real de poder.
El Congreso que viene
El reacomodo presidencial tiene una consecuencia directa: el Parlamento. Los descuelgues hacia Kast no son solo un acto de fe, son un acto de cálculo. Los candidatos al Senado y la Cámara entienden que, en un sistema electoral proporcional, la marca presidencial es arrastre. Estar al lado de un candidato ganador amplifica opciones; hacerlo con uno debilitado las reduce al mínimo.
La fotografía actual proyecta un Congreso con una derecha fortalecida bajo la hegemonía republicana, un oficialismo debilitado pero con capacidad de resistencia, y un centro que se sigue desdibujando. El fenómeno Parisi, aunque con menos fuerza que en 2021, aún retiene un caudal relevante que podría ser decisivo en segundas vueltas o negociaciones parlamentarias.
Terminaré esta columna citando al poeta trágico griego, Eurípides: “El rey debe tener presentes tres cosas: que gobierna seres humanos, que debe gobernarlos según la ley y que no gobernará siempre”. La enseñanza es clara: ningún liderazgo es eterno, y menos aún cuando se confunde la oportunidad con la soberbia o la estrategia con la improvisación. Las campañas presidenciales en curso lo reflejan: Matthei desangrándose en descuelgues y errores; Jara atrapada en un oficialismo fracturado que ya piensa más en sobrevivir que en gobernar; y Kast capitalizando el miedo y la demanda de autoridad como carta ganadora.
El próximo Parlamento chileno, en este contexto, se proyecta como un espacio fragmentado, con una derecha fortalecida bajo la hegemonía republicana, un oficialismo dividido y debilitado, y un centro político desdibujado. Será un Congreso donde la aritmética electoral reemplazará a las convicciones, y donde cada bancada negociará desde la lógica de la supervivencia antes que desde la coherencia programática. Esa es la radiografía cruda de una democracia que, como advertía Eurípides, olvida demasiado rápido que todo poder es transitorio y que la verdadera legitimidad no se mide en encuestas, sino en la capacidad de gobernar con responsabilidad.













