
Cada ciclo electoral en Chile reactiva un fenómeno conocido. No es solo la disputa entre proyectos políticos, sino la facilidad con que ciertos sectores adoptan una memoria selectiva para impugnar al adversario. Hoy, frente al triunfo de José Antonio Kast, proliferan advertencias apocalípticas que, al ser revisadas con un mínimo de honestidad histórica, revelan una notable dosis de hipocresía.
Se afirma, por ejemplo, que Kast no cumplirá sus promesas. El argumento se presenta como una denuncia ética, aunque proviene muchas veces de quienes normalizaron giros programáticos sin rubor alguno, como ocurrió con el TPP-11 o con el abandono de los compromisos respecto de los presos del Estallido Social. La indignación parece depender más del emisor que del hecho.
También se advierte que un eventual gobierno de Kast buscará lavar la imagen de personas acusadas por crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, esa crítica omite que durante los últimos años se sostuvo política y simbólicamente a Sebastián Piñera, incluso después de informes internacionales que documentaron graves violaciones a los derechos humanos. La vara moral vuelve a moverse según la conveniencia.
Otro de los temores recurrentes es el aislamiento internacional. Se anuncia un choque frontal con gobiernos de izquierda en Sudamérica, como si la política exterior reciente hubiese sido un ejemplo de coherencia y prudencia. Las relaciones con Venezuela, Brasil o Colombia estuvieron marcadas más por la ideología y la improvisación que por una diplomacia estratégica y profesional.
En el plano interno, se acusa a Kast de desprecio por lo social. Pero ese reproche pierde fuerza cuando se recuerda que, al inicio del actual gobierno, el Ministerio de Desarrollo Social fue desplazado del comité político para dar paso al Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, decisión que respondió más a una señal simbólica que a una evaluación de prioridades sociales estructurales.
Finalmente, se alerta sobre una supuesta deriva autoritaria y de militarización del control social. Resulta paradójico que esta crítica emerja desde sectores que impulsaron una reforma constitucional destinada a permitir el despliegue de fuerzas armadas por decreto supremo, sin control del Congreso y por tiempo indefinido. La preocupación democrática aparece, otra vez, tardía y selectiva.
No se trata de defender a Kast ni de minimizar los riesgos reales de su proyecto político. Se trata de algo más básico: exigir coherencia. La crítica política es legítima y necesaria, pero pierde toda autoridad cuando se ejerce desde el olvido conveniente y la doble moral.
Y cuando el intercambio se vacía de argumentos y la discusión se vuelve circular, quizá lo más honesto sea cambiar de tema, salir a la pesca y sentarse a comer unos chumbeques, dejando que el ruido político se enfríe con el viento del mar.
En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.













