PERICOTE
En Iquique, cuando el calendario aprieta y la billetera suena más a eco que a monedas, hay una receta que nunca falla: la michelada de fin de mes. Es barata, refrescante y tiene ese sabor a playa, picardía y resistencia financiera que tanto nos representa.
La fórmula es simple y poderosa: una Cristal, una Escudo, o si la cosa está crítica, una Baltica o Dorada bien helada. Le exprimes un limón de Pica (porque no es lo mismo con cualquier limón, ¡el de Pica tiene su cuento!), le pones sal al borde del vaso como si fueras mixólogo profesional, y si andas creativo, le tiras un chorrito de ají, salsa inglesa o incluso jugo de aceituna.
Y como toda buena michelada merece su bajón, la ruta está clara: te vas al 680, donde las pichangas son más grandes que tus ganas de cobrar el sueldo, o pasas por El Curupucho, donde una empanada de marisco te revive hasta después de una noche de karaoke con cumbia incluida. Porque en Iquique, el bajón también es parte del paisaje.
Así que ya sabes: cuando el mes se estira más que el elástico de un traje de baño viejo, la michelada es la salvación. Con un par de lucas, buena compañía y la brisa de Cavancha, se arma el mejor happy hour del norte. Salud por eso, y que no se corte.













