El 26 de noviembre de 2003, el Concorde realizó su último viaje, cerrando más de tres décadas de vuelos comerciales a velocidad supersónica. Ese día, el avión G‑BOAF de British Airways aterrizó en el Reino Unido y puso fin a una era marcada por la innovación, el lujo y también por las dificultades que acompañaron a este modelo.
El Concorde había nacido en los años sesenta como un proyecto conjunto entre Francia y Reino Unido. Su gran promesa era revolucionar la aviación: podía volar a más de 2.000 kilómetros por hora, cruzando el Atlántico en menos de cuatro horas. Para muchos, era el símbolo máximo de modernidad y prestigio; viajar en él era un privilegio reservado a ejecutivos, celebridades y quienes podían pagar boletos que costaban varias veces más que los de un vuelo convencional.
Sin embargo, el Concorde nunca logró masificarse. Sus ventajas eran claras: rapidez incomparable, diseño elegante y la sensación de estar viviendo el futuro. Pero también tenía desventajas que terminaron pesando más: los costos de operación eran altísimos, el consumo de combustible enorme y el ruido que generaba lo hacía poco amigable para operar en muchos aeropuertos. A esto se sumó el accidente del vuelo 4590 de Air France en París, en julio del 2000, que dejó más de cien víctimas y golpeó la confianza en el avión.
Aunque volvió a volar después de algunas modificaciones, la baja demanda y los gastos crecientes llevaron a que tanto Air France como British Airways decidieran retirarlo en 2003. Desde entonces, los Concorde se exhiben en museos y aeropuertos como piezas de colección, recordados como un ícono de la ingeniería y del glamour aéreo.













