
La carrera hacia La Moneda entra en su fase visible: ocho candidaturas –algunas ya inscritas otras en proceso–, frente a un país polarizado y una escena política que, más que ofrecer claridad, multiplica interrogantes. Jeannette Jara, José Antonio Kast, Evelyn Matthei, Franco Parisi, Johannes Kaiser, Marco Enríquez-Ominami, Harold Mayne-Nicholls y Eduardo Artés representan no sólo proyectos distintos: encarnan la fragmentación de bloques, la volatilidad del voto y –peor aún– la incapacidad de los partidos tradicionales para leer el malestar ciudadano y traducirlo en opciones creíbles de gobierno. El calendario electoral y el cierre formal de inscripciones recuerdan además que lo simbólico ya se ha transformado en estructura institucional: el Servel cerrara el plazo para patrocinios e inscripciones el 18 de agosto.
Lo que muestran las encuestas, por ahora, es la cruda fotografía de esa fragmentación. Dos mediciones recientes colocan a José Antonio Kast y Jeannette Jara en la punta –con cifras que oscilan alrededor de 26–29%– y dejan al resto del pelotón luchando por migas de una votación atomizada: Evelyn Matthei en torno a la mitad de ese bloque puntero, con Franco Parisi, Johannes Kaiser y Marco Enríquez-Ominami disputándose electores de protesta o nicho. Las variaciones entre sondeos (Criteria, Cadem, otros) sugieren más volatilidad que tendencias consolidadas: a día de hoy, la lógica indica segunda vuelta.
A continuación, un diagnóstico candidato por candidato –sin exotismos retóricos: trayectoria, débiles puntos y qué pueden (o no) ofrecer en campaña.
Jeannette Jara: la candidata del oficialismo que obliga a repensar el ‘centro’
La ex ministra del Trabajo llegó por la vía de las primarias del bloque oficialista y su perfil combina experiencia administrativa con una filiación comunista que excita a sus críticos y genera recelo en sectores moderados. Su fortaleza es evidente: capacidad de movilizar el aparato partidario de la coalición y capital político por reformas laborales recientes. Sus debilidades también: errores de comunicación –la controversia por una propuesta sobre la nacionalización del cobre que tuvo que reconocer como “error” y corregir, misma historia con el tercer retiro– y la tarea de convencer a votantes centristas que temen volver a modelos estatistas. En suma: liderazgo interno claro, competitividad externa incierta.
José Antonio Kast: el candidato que no aprende (y sigue ganando)
Kast vuelve por tercera vez al ruedo con la misma fortaleza base: un electorado duro preocupado por seguridad, orden y límites a la migración. Su trayectoria parlamentaria y la fundación del Partido Republicano lo consolidan como referente de la derecha dura; su debilidad estructural es también política –su estilo polarizante y la asociación con posturas autoritarias detonan rechazo transversal, pero no lo desplazan del liderazgo en su universo electoral. Si las cifras se mantienen, Kast parte con ventaja en expectativas y narrativa.
Evelyn Matthei: la derecha tradicional que no logra unificar
Matthei es la carta de la centroderecha: experiencia ministerial, capital electoral en sectores que buscan una alternativa menos radical o conservadoras que Kast. Pero su mayor problema no es ella sola: es la fragmentación de la derecha. La existencia de Kast y del emergente Johannes Kaiser impide que el bloque se presente unido y le resta a Matthei la posibilidad de disputar con claridad el primer lugar. Si la campaña se reduce a polarización (Kast vs Jara), Matthei puede quedar reñida a la condición de árbitro o beneficiaria de un pacto que hoy no existe.
Johannes Kaiser: el disruptor de la derecha
Fundador del Partido Nacional Libertario y exdiputado que se escindió del Partido Republicano, Kaiser es la pieza más impredecible de la derecha: discurso ultra-libertario, mensajes rupturistas y capacidad de captar ciudadanía irritada con el “establishment” (Grupo de personas que ejerce el poder en un país, en una organización o en un ámbito determinado). No tiene trayectoria ejecutiva robusta y su electorado parece ser el de los extremos –altura suficiente para reordenar la competencia de la derecha si logra sostenerse, pero también frágil si las encuestas se consolidan hacia los dos punteros.
Franco Parisi: el outsider con tribuna, pero ¿con techo?
Parisi vuelve a escena con el Partido de la Gente, apoyos mediáticos y tácticas de comunicación efectistas. En 2013 y 2021 obtuvo votos relevantes (alcanzó el tercer lugar en 2021) y su capacidad para capitalizar el desencanto es conocida. Sin embargo, las últimas encuestas muestran un retroceso relativo: su techo es real pero limitado; la incorporación de figuras como Pamela Jiles a su aparato partidario le da visibilidad –y también contradicciones ideológicas– que pueden costarle más de lo que aportan.
Marco Enríquez-Ominami: perseverancia o distracción
ME-O es una constante de la política chilena: quinta candidatura, con una base de votantes leales pero insuficiente para cambiar el mapa de poder. Lograr las firmas y aparecer en la papeleta (anunció más de 36.000 patrocinios) demuestra persistencia, pero su voz compite hoy con otros proyectos que ocupan los mismos nichos: voto crítico, anti-establishment y ciudadanía desencantada. En una elección de tensiones binarias, ME-O corre el riesgo de ser un canal de votos de protesta que no determinan el resultado final.
Harold Mayne-Nicholls: el moderado que aparece en señal de alarma
El ex presidente de la ANFP se presenta como un independiente moderado: gestión, reputación y un discurso de probidad que busca seducir a sectores desencantados de la política tradicional. Reunir las firmas exigidas por el Servel le permitió inscribirse y presentarse como opción “de centro”. Su potencial realista: atraer votos centristas que rehúyen la polarización entre Kast y Jara; su límite: carecer de estructura partidaria fuerte para competir en la misma escala.
Eduardo Artés: la izquierda de la izquierda con presencia testimonial
Artés representa la izquierda radical: con candidaturas previas y un discurso de refundación, su presencia es más simbólica que decisiva en términos numéricos. Tiene base ideológica y visibilidad, pero difícilmente superará porcentajes marginales que modifiquen ecuaciones de segunda vuelta. Su fuerza reside en marcar la agenda de los sectores más radicalizados y obligar a Jara a marcar distancias en ciertos temas si quiere captar el voto moderado.
Proyección — ¿qué esperar en la primera y segunda vuelta?
Con los números en la mano, el escenario más probable a día de hoy es el de una segunda vuelta entre dos polos: la fuerza organizada del electorado conservador/formal (Kast) y la representación del oficialismo renovada bajo un nombre distinto (Jara). Las mediciones de agosto ubican a Kast y Jara en un empate técnico o con una leve ventaja para Kast según el sondeo Cadem; Criteria, por su lado, muestra un empate en torno al 29% para ambos. En ninguno de los casos un candidato alcanza la mayoría necesaria en primera vuelta: por eso, habrá segunda vuelta.
¿Qué ocurriría en el balotaje? Las mismas encuestas que hoy proyectan primer lugar para Kast le otorgan ventaja en la segunda vuelta frente a Jara en diversos escenarios (modelos de transferencia de votos y expectativas de voto indican que segmentos anti-comunistas y votantes de centro-derecha tenderían a consolidarse detrás del candidato de la derecha). Pero ese resultado no es un destino: depende de la capacidad de los perdedores (Matthei, Parisi, ME-O, Mayne-Nicholls) de recomponer alianzas, de la campaña movilizadora del oficialismo y —sobre todo— del comportamiento del elector moderado y de la participación.
Una proyección plausible y prudente:
- Primera vuelta (probable orden): Kast / Jara — Matthei — Parisi / Kaiser — ME-O — Mayne-Nicholls — Artés. Ningún candidato supera 35% — por tanto, segunda vuelta inevitable.
- Segunda vuelta (más probable según sondeos actuales): ventaja para Kast frente a Jara en un escenario de polarización y consolidación de votos anti-comunistas; ventaja incierta para Matthei si ella llegara a la segunda vuelta (porque puede oponer un relato más moderado que atraiga a centristas anti-Kast). Todo esto sujeto a márgenes y a la volatilidad propia de campañas intensas.
Una lectura crítica: por qué esta elección no es solo sobre nombres
Lo que está en juego no es meramente quién gana La Moneda: es la viabilidad de la representación política chilena. El tablero actual muestra cuatro rasgos preocupantes:
- Fragmentación y micro-partidos: la multiplicación de candidaturas no responde exclusivamente a pluralismo; muchas veces responde a incapacidad de los partidos para construir ofertas agregadoras. El resultado es más competencia por nichos que por mayorías.
- Personalización y marketing político: figuras que repiten candidaturas (ME-O, Parisi) o líderes mediáticos desplazan debates programáticos por campañas de alta emoción y baja concreción. Eso favorece reclamos inmediatos (seguridad, migración) sobre políticas públicas de largo plazo.
- Polarización institucionalizada: la narrativa de “todo o nada” reduce incentivos para acuerdos políticos y presiona al elector hacia opciones extremas, con consecuencias para la gobernabilidad si no hay un diseño político que lo contenga.
- Debilidad de la oferta moderada: figuras como Mayne-Nicholls o una versión moderada de Matthei pueden actuar como amortiguadores, pero su capacidad de agregar votos es limitada si los grandes bloques (derecha dura y oficialismo) no se repliegan a posiciones más dialogantes.
Spoiler: Tres advertencias para la campaña y el electorado
- No subestimar la volatilidad: encuestas y proyecciones son instantáneas, no destinos. Movilización, alianzas postelectorales y campañas en la recta final pueden recomponer pronósticos.
- Exigir programas concretos: la política chilena necesita –más que nunca– propuestas aterrizadas y debates públicos de calidad; los atajos comunicacionales no bastan para enfrentar problemas estructurales.
- La responsabilidad de los moderados: si la elección termina polarizándose, la responsabilidad de recomponer una mayoría razonable recaerá en quienes hoy medran en el centro; su decisión de pactar o abstenerse definirá probablemente el signo del próximo gobierno.
En definitiva: esta elección dibuja un espejo político roto –muchas piezas pero sin encaje claro–, y la próxima Presidencia dependerá menos de un “candidato perfecto” y más de la capacidad de los actores políticos para negociar realidades complejas y moderar los extremos. Para el elector, la tarea es simple y difícil a la vez: mirar más allá del eslogan y exigir coherencia, programas y capacidad de gobernar. El resto –los fuegos artificiales de campaña– son ruido.
Cierro esta columna con la célebre advertencia del político, abogado y 32.º presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt: “La democracia no puede triunfar a menos que quienes expresan su elección estén dispuestos a elegir sabiamente. Por lo tanto, la verdadera salvaguardia de la democracia es la educación”. La frase no es un adorno retórico; es un recordatorio de que votar no es solo un derecho, sino una responsabilidad que exige preparación.
La educación, en su sentido más amplio, es el pilar que sostiene la capacidad de la ciudadanía para discernir entre proyectos serios y promesas vacías, entre liderazgos que buscan gobernar y figuras que solo buscan capitalizar el enojo social. No se trata únicamente de instrucción formal en aulas, sino también de educación cívica, política y mediática: la capacidad de entender un programa, contrastar fuentes de información y reconocer intereses en juego.
En estas elecciones, con ocho cartas presidenciales tan dispares, la educación de los electores será el filtro más importante. Un votante informado sabrá distinguir entre la propaganda emocional y la viabilidad de las propuestas, entre la experiencia y la improvisación, entre los liderazgos que prometen soluciones fáciles y aquellos que reconocen la complejidad de los problemas del país.
En un Chile fragmentado, la educación adquiere un rol decisivo: no solo como derecho social a garantizar por el próximo gobierno, sino como condición mínima para que la democracia no se convierta en una ruleta de populismos y desencantos. Porque, como decía Roosevelt, sin educación no hay ciudadanía plena; y sin ciudadanía plena, la democracia es apenas un ritual vacío.













