J.L.
Si uno revisa la historia del Festival de Viña del Mar, hay noches gloriosas, noches olvidables y noches que parecen escritas por un funcionario estatal con miedo a perder el trabajo.
La censura a Hermógenes con H en 1984 pertenece a esta última categoría: un episodio tan ridículo que hoy sería meme, pero que en ese Chile serio, tieso y lleno de tijeras editoriales, terminó convertido en tragedia institucional.
Hermógenes estaba en su peak. La Quinta lo amaba, el monstruo lloraba de la risa y él avanzaba con una rutina que, para la época, ya era un atentado contra la solemnidad televisiva.
Y entonces llegó el chiste del “soapisa”, el momento exacto en que Sergio Riesenberg —director de la transmisión— sintió cómo se le despegaba el alma del cuerpo. Hermógenes imitaba a un vendedor afeminado de sopaipillas: “¡Soapisa! (Sopaipillas), ¡Soapisa!… con ukelele, con huizipirizo y con… ¡ahhhhh! ”.
La Quinta explotó. TVN no.
Pero el verdadero terremoto vino después, cuando Hermógenes, ya en confianza, siguió con el tono afeminado: “Entro después a un restaurant y le digo al mozo: ¿Me da una Pepsi?”.
“¿Cola?”, pregunta el mozo. “Y a ti qué te importa”, le dije yo”.
Ahí sí que se acabó la paciencia. En la sala de control, alguien debió gritar “¡CÓRTENLO YA!” con la desesperación de quien ve su carrera pasar frente a sus ojos.
Y pum: censura. Pantalla fuera.
La transmisión se fue a comerciales como si el festival hubiera sido intervenido por un comando de moralidad televisiva.
La Quinta siguió riéndose. El país no supo qué diablos pasó. Y TVN respiró aliviado, creyendo que había evitado un escándalo.
Porque la censura no hundió a Hermógenes: lo convirtió en leyenda.
De un día para otro, era “el humorista prohibido”, “el que TVN no dejó hablar”, “el que dijo lo que nadie se atrevía”. Resultado: lo contrataron en todos los festivales posibles para ver “la rutina completa”.
En 1991 volvió a Viña con más chistes, más personajes y una repasada a Antonio Vodanovic que todavía circula en grabaciones piratas.
Y ojo: Viña 84 fue un festival raro en general.
Ese año también estuvo Checho Hirane, cuya gran gracia fue saltar en una cama elástica y contar un par de chistes. Se fue con su Antorcha, porque el público siempre ha sido generoso con los que no molestan a nadie.
Y también pasó Ronco Retes, que estuvo apenas 15 minutos en el escenario. Tan rápido que si pestañeabas, te lo perdías. Sin pena ni gloria, como si nunca hubiera estado.
Pero la postal que quedó para siempre fue la de Hermógenes con H, riéndose con el monstruo mientras en TVN alguien sudaba frío y apretaba botones como si desactivara una bomba.
La noche en que un chiste de sopaipillas fue demasiado para la televisión chilena.
La noche en que la censura creyó ganar… y terminó haciendo famoso al censurado.













