En un escenario político donde el oficialismo avanza con pragmatismo hacia la conformación de una lista parlamentaria única, la derecha chilena se enfrasca en una disputa de poder fratricida. Mientras en el comando de Jeannette Jara se negocian cupos con calculadora en mano, en la oposición predomina la arrogancia, la desconfianza y una absurda lucha por la hegemonía que amenaza con cederle el Congreso completo a la izquierda.
Un amigo me decía “La derecha no aprende”, hoylos números son claros y deberían bastar para que cualquier estratega mínimamente sensato levantara la alarma: dos estudios -uno de Stream Data y otro de Faro UDD- proyectan que, si la derecha compite dividida en las elecciones parlamentarias de noviembre, el oficialismo podría obtener entre 81 y 87 escaños en la Cámara, mientras Chile Vamos alcanzaría apenas 37 diputados y la Nueva Derecha (Republicanos, PSC y PNL) solo 35 (72 entre ambos).
El resultado: la izquierda podría no solo conservar el Congreso, sino ampliar su margen de gobernabilidad sin siquiera obtener la mayoría absoluta del voto popular. El voto dividido de la derecha sería el mejor aliado del progresismo.
Pero el problema es más profundo: no es falta de información, es falta de humildad. Desde el Partido Republicano, la negativa a construir una lista común es una declaración de guerra estratégica a Chile Vamos. Kast no solo quiere crecer, quiere reemplazar. Sueña con ser el partido ancla de la derecha, incluso si eso significa entregar el poder legislativo a la izquierda.
Ignorando el sentido de responsabilidad colectiva, algunos candidatos siguen guiándose por mezquinos intereses personales, tratando a la política como una pequeña empresa familiar destinada al lucro propio, y no como lo que debería ser: un instrumento al servicio de un proyecto país compartido, serio y con visión de futuro.
Chile Vamos se enreda entre la responsabilidad y la sumisión, mientras en Renovación Nacional y la UDI parecen haber comprendido, al menos parcialmente, el riesgo. Sus presidentes, Rodrigo Galilea y Guillermo Ramírez, han llamado insistentemente a la unidad. Pero sus palabras caen en oídos sordos. Desde Republicanos les responden con condiciones: que senadores como Luz Ebensperger (UDI) y Rafael Prohens (RN) bajen sus candidaturas. ¿Unidad? Si claro, pero solo si se somete.
La postura de los Republicanos raya en el chantaje político. Es una amenaza: “si no nos entregan las regiones donde vamos ganando, los arrastramos a la derrota”. Así opera una fuerza que no está interesada en un bloque común, sino en una purga estratégica. (Si, una estrategia valida, ¿pero a que costo?)
Aceptar esas condiciones puede parecer sensato en lo inmediato, pero encierra un problema mayor: si Chile Vamos cede hoy, mañana será irrelevante. La sumisión táctica puede derivar en una anulación política. Y aun así, la alternativa -competir divididos- es incluso peor.
Los pactos de omisión: una solución mínima que ni siquiera han logrado acordar, ante la imposibilidad de una lista única, la derecha debería, al menos, alcanzar pactos de omisión en las cuatro regiones binominales: Arica, Tarapacá, Atacama y Aysén. En estas zonas, dividir el voto es suicida: si el oficialismo compite con un solo candidato fuerte, y la derecha con dos debilitados, se repite el escenario de 2017 en Antofagasta, donde la izquierda se quedó con ambos escaños gracias a la fragmentación opositora.
Pero incluso eso parece demasiado esfuerzo para los partidos opositores. Ni siquiera en lo más básico -no pisarse entre sí- logran un acuerdo. El resultado más probable: perderán todas esas senadurías.
Proyecciones parlamentarias (Cámara de Diputados)
| Escenario | Oficialismo | Chile Vamos | Republicanos/PNL/PSC | Centro (PDG/Dem/Amarillos) |
| Izquierda unida / Derecha dividida | 85 | 37 | 35 | 8 |
| Ambas listas únicas | 75–80 | 77–85 | – | 6–8 |
| Listas divididas pero con omisiones | 80 | 65–70 | 25–30 | 8–10 |
Las cifras muestran que el pacto mínimo podría significar al menos 10 escaños más para la derecha, lo que podría ser la diferencia entre tener o no control del Congreso. Negarse a eso es una irresponsabilidad táctica de proporciones históricas.
Mientras en el oficialismo: “pragmatismo sin complejos”, en tanto, Jeannette Jara ha entendido lo esencial: unidad no es un valor moral, es una necesidad política. En su comando ya se distribuyen los 183 cupos parlamentarios disponibles pese a que la primera petición de los partidos suma 402 escaños, con negociaciones entre el PC, PS, Frente Amplio, PPD, PR, PL, FRVS e incluso la DC. ¿Desorden? Sí. ¿Conflictos internos? También. Pero lo hacen. Porque entienden que sin Congreso no hay gobierno. Si la izquierda logra el control del Congreso, se atrincherará durante cuatro años con mayoría legislativa, sin complejos ni contrapesos, impulsando su agenda sin preocuparse por consensos ni equilibrios institucionales.
Incluso las tensiones entre el FA y el PPD se canalizan con racionalidad. Los socialistas y comunistas han pactado omisiones cruzadas en regiones clave. Jara ha asumido un rol articulador sin miedo, mientras Matthei -quizás por temor al costo político de un fracaso- prefiere el silencio.
¿El centro vaciado?: comodines o actores irrelevantes, elPartido de la Gente, Demócratas y Amarillos podrían llegar a sumar 8 a 10 diputados y hasta un senador si se articulan con alguno de los bloques grandes. Pero si se aíslan, no pasarán de un rol testimonial. Para el centro, la clave está en su capacidad de negociación preelectoral: si logran insertarse en pactos como socios estratégicos, pueden pesar más de lo que su votación sugiere. Si no, serán espectadores con logo propio.
Conclusión: “suicidio estratégico” La derecha no necesita enemigos, porque se derrota sola. En vez de construir mayorías, sus partidos compiten por ser el mejor perdedor, sin aun lograr entender que el El sistema D’Hondt premia a quienes actúan con visión colectiva y castiga con dureza a los que compiten de forma individualista. Es un mecanismo que favorece la cooperación estratégica, no la fragmentación ni los egos personales. Republicanos buscan desplazar a Chile Vamos; la UDI y RN temen desaparecer; y lo peor, todos desconfían de todos.
La izquierda, con menos votos y más orden, podría quedarse con el Congreso. No por méritos propios, sino por errores ajenos.
Es la tragedia de la derecha chilena: no es que no pueda ganar, es que no quiere hacerlo si no es en sus propios términos. Y esos términos, esta vez, equivalen a la derrota.
Cerraré esta columna citando al político, militar y estadista británico Winston Churchill, quien con aguda ironía afirmó: “El político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido”.
Más allá del sarcasmo, su frase encierra una verdad fundamental: la política exige capacidad de proyección, análisis estratégico y anticipación de escenarios. En un contexto electoral como el actual, donde cada decisión táctica puede alterar la correlación de fuerzas en el Congreso, proyectar correctamente los resultados no es una opción, sino una necesidad para tomar decisiones responsables y efectivas. Solo así se construyen mayorías, se diseñan pactos sólidos y se evita, como ahora amenaza a la derecha, entregarle el poder al adversario por errores de cálculo o por priorizar egos por sobre el bien común.
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