El 25 de junio, diputados del Partido Nacional Libertario, Republicanos y Renovación Nacional ingresaron al Congreso una moción para modificar el artículo 119 del Código Sanitario, el que regula el aborto en Chile. El proyecto se llama “Escucha su corazón” y, más allá del título, instala una exigencia que ha sido calificada como aberrante por especialistas y organizaciones: obligar a que la mujer —o niña— escuche los latidos del embrión o feto antes de acceder a la interrupción del embarazo, siempre que estos sean detectables.
La propuesta no es inocua. Según lo informado por medios como BioBioChile y 24 Horas, el médico tendría la obligación de informar la existencia de actividad cardíaca y reproducirla mediante los instrumentos disponibles. Y aunque el texto dice que la mujer puede “declinar libremente” escuchar los latidos, inmediatamente agrega que, si lo hace, el médico deberá negarse a practicar el aborto. En la práctica, la escucha se vuelve obligatoria. Sin ella, no hay acceso a la prestación.
EMOCIONAL
Es justamente ahí donde el proyecto cruza una línea: convierte un procedimiento médico regulado en un acto condicionado a una experiencia emocional impuesta. No es información clínica, no es consentimiento informado; es una maniobra que busca generar culpa, presión y angustia en un momento ya difícil. Y lo hace especialmente grave tratándose de niñas que podrían estar accediendo a la causal de violación.
El impulsor de la iniciativa, el diputado Cristóbal Urruticoechea, sostiene que la medida busca “fortalecer el consentimiento informado”. Pero la exministra Antonia Orellana lo calificó como “crueldad legislativa”, según consignó 24 Horas. Organizaciones feministas y especialistas en salud reproductiva han advertido que este tipo de prácticas, implementadas en otros países, no mejora la toma de decisiones: solo añade sufrimiento y barreras de acceso.













