
nmonijalba@gmail.com
El mundo está viviendo momentos de intensa presión. La guerra en Medio Oriente enciende las alarmas de un conflicto bélico aún más violento. Lo cierto es que Donald Trump y Benjamín Netanyahu se metieron en un grave problema: están perdiendo esta guerra. El control del Paso de Ormuz ha sido clave para el régimen de Irán. Sin embargo, no se puede ignorar que se prepararon en todos los niveles para enfrentar a las principales potencias armadas del mundo.
El fuego de guerra, muchas veces en horas de la noche, es cruzado. Irán ha demostrado lo que muchos analistas y expertos de la Casa Blanca predecían: que EE.UU. no estaba preparado para tener una guerra contra Irán. No tomaron en cuenta el trabajo de las alianzas con Rusia y China. Ambas potencias, si bien no suministran armas, tienen intereses comunes por ser los principales compradores de petróleo. La riqueza económica de Irán fue invertida en industrialización, tecnología e innovación armamentista. Irán no es Afganistán, Vietnam ni Venezuela.
Al día de hoy, nadie puede asegurar que Irán no tenga ya una bomba nuclear y que el enriquecimiento de uranio —que en principio era para fines energéticos— mañana nos golpee, si se ve obligado, con una nueva sorpresa. Sería trágico para la humanidad, y el colapso económico sería tan devastador como destructivo para el mundo.
Ojalá que las Naciones Unidas se haga respetar, intervenga en esta guerra y coloque la tregua que se necesita con urgencia. Su órgano competente, el Consejo de Seguridad —que ahora preside China— debiera ser más que un emisor de resoluciones: debiera actuar como mediador. A menos que el mismo presidente Donald Trump sea quien, en definitiva, le ponga los cascabeles a Benjamín Netanyahu para que no continúe violando los acuerdos de paz que se puedan alcanzar con Irán.
En esta guerra, EE.UU. está pagando un alto precio, y cada día que pasa ese costo se vuelve más difícil de aceptar. Al final, lo pagan los mismos ciudadanos estadounidenses. El señor Netanyahu debiera entender que no puede alcanzar una victoria en sus objetivos expansionistas sin el apoyo de EE.UU. Es todo.
Insistiré: el precio más alto lo está pagando EE.UU. Primero, pierde el dominio del dólar en el mundo. Segundo, el mundo se reordena y surgen nuevas alianzas de mercado libre, poniendo fin a su hegemonía. Tercero, los grandes capitales y empresariados se alinean con los vencedores. En este escenario, es mucho mejor —y lejos la mejor opción— buscar una alianza estratégica geopolítica con China y pagar el precio de la paz, si se quiere sobrevivir en el nuevo escenario mundial.
Por un momento pensé que Donald Trump, después del viaje a China, pondría fin a la guerra con un as de triunfo en su mano. En mi fuero íntimo, sea por las razones que sean, me equivoqué. Llevamos más de 100 días de guerra y el futuro de nuestro mundo, lamentablemente, es incierto. Hay miles y miles de personas muertas. Es muy terrible.
De regreso a mi Chile lindo, no bajemos los brazos. Las cuestiones no son fáciles. Estamos ubicados lejos de estos conflictos, pero a pesar de esta enorme distancia geográfica, de una u otra forma sufrimos sus consecuencias. No somos una remota isla separada del continente: somos parte de esa gran comunidad mundial.
He sido un actor social crítico con nuestras autoridades desde la vuelta a la democracia. Eso no elude mi responsabilidad de haberlos apoyado en su momento. Pero así cada uno de nosotros escribe su propia historia. Usted, amigo lector, también tiene la suya. Por lo mismo, le pido que pueda comprender mis aciertos y mis errores en política. Tengo la firme esperanza de que el presente siempre nos conduzca por senderos donde podamos conocernos mejor y admitir que no somos personas perfectas, aunque llenas de ideales, valores, amor y fuerza por la justicia.
Mi Chile lindo, no podemos bajar los brazos ni rendirnos ante las dificultades, la adversidad o las circunstancias negativas. Mientras podamos mantenernos con vida y tener salud, hay que sacar fuerzas de flaqueza y seguir bregando en busca de ese destino mejor y esquivo. Para quienes hacemos patria en el Norte Grande, esa es la razón de nuestra efímera existencia humana.
En política, en general, nos quedamos anclados en la cultura anticomunista, antifascista, negacionista y en el oportunismo anticristiano. Me huele a pestilencia insoportable.
Miren por un ratito lo que fue el discurso del presidente Kast. Un buen ejemplo para precisar mi argumentación. Primero, decir que este primer discurso debiera hacerse un día domingo y no en plena actividad laboral, si queremos que lo escuche y lo vea todo el país. Un domingo es preferible a un día laboral normal. De lo contrario, tenemos que informarnos por los medios de prensa. Al respecto, los parlamentarios no deberían tener problemas en concurrir al Congreso, ya que ellos son nuestros representantes, y un domingo al año no es mucho pedir.
Segundo: ¿qué cuenta va a rendir un Presidente si tiene apenas dos meses en el poder? Un absurdo del porte de un portaaviones. Si queremos una cuenta pública de su gestión, entonces lógicamente demos más tiempo después de asumir la Presidencia. Será mejor para el país, por ejemplo, si tiene seis meses en el Gobierno. Por lo menos tendría algo que decir de su mandato. De lo contrario, damos espacio para entrar de nuevo en campaña y a la refriega del pasado, donde se atrincheran los oficialistas y, al frente, la oposición. La política en blanco o negro. Simplismo popular.
Gracias.
Nelson C. Mondaca Ijalba
nmonijalba@gmail.com
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