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El director iquiqueño radicado en Bélgica profundiza en el origen de la obra, el trabajo del colectivo Sudaka y la necesidad de seguir hablando de memoria desde el arte. A través de personajes fragmentados, sonidos del territorio y un lenguaje poético, “Cenizas” propone una reflexión sobre las huellas que dejan la violencia, el olvido y la historia reciente en los cuerpos y las comunidades.
Los fragmentos de una memoria compartida
¿Cómo nace la idea de crear Cenizas?
La obra nace de un proceso largo. Hay una idea que me acompaña desde hace muchos años, relacionada con el trabajo que he desarrollado en Bélgica con testimonios de personas privadas de libertad, refugiados y comunidades excluidas del sistema educativo. Siempre me ha interesado el teatro documental, investigar lo que ocurre en la realidad y transformarlo en un lenguaje escénico.
Cuando los actores y actrices de Iquique viajaron a Bélgica para participar en una residencia y en los talleres del Estudio Internacional Chejov de Bruselas, comenzó a tomar forma concreta lo que hoy es Cenizas. Con las experiencias que trajimos desde allá y el trabajo realizado en Tarapacá, sentimos que era momento de salir del laboratorio y convertir esa investigación en una obra.

¿Cómo definiría Cenizas?
Es una obra construida a partir de fragmentos. Siempre digo que es una especie de Frankenstein hecho de retazos, porque también nosotros somos retazos de memoria. Como sociedad hemos sido atravesados por procesos traumáticos que nos fragmentan y nos dejan incompletos.
La obra no intenta reconstruir una historia de manera tradicional. Lo que hace es mostrar esos pedazos dispersos, esas ausencias, esas memorias que quedaron vagando. Habla de lo que se perdió y de aquello que todavía nos falta.
La memoria aparece como un eje central del montaje. ¿Cómo se aborda desde la escena?
La memoria aparece como una presencia incómoda. Hay personajes que intentan recordar, otros que quieren olvidar y otros que simplemente no pueden asumir lo que hicieron o vivieron.
La violencia no solamente elimina personas; también roba partes de quienes sobreviven. No te quita algo de manera simbólica, te lo arrebata a golpes, con desapariciones, con miedo. Eso deja una memoria errante, una memoria que sigue buscando un lugar donde existir.
Los personajes no parecen construidos desde una lógica tradicional.
No. No tienen una psicología clásica ni una biografía lineal. Son más bien presencias. Mariana, por ejemplo, siempre fue para mí una aparición incómoda, una ausencia que insiste en hacerse presente.
Al mismo tiempo, son personajes profundamente humanos. Hay una desaparecida, una mujer que decide no recordar, un conscripto que participó en la violencia y que tampoco logra enfrentar lo ocurrido. Son experiencias individuales, pero también son experiencias colectivas que nos pertenecen a todos.
El personaje del soldado tiene una dimensión particularmente compleja.
Sí, porque representa a jóvenes que fueron arrastrados por circunstancias extremadamente violentas. Pienso en casos como el de Michel Nash y en tantos conscriptos que, siendo prácticamente adolescentes, quedaron atrapados en una maquinaria de la que no podían escapar.
Para mí es uno de los personajes más humanos justamente por su fragilidad. Está completamente quebrado porque carga con aquello que hizo y con aquello que no pudo evitar.
¿La historia está situada específicamente en Iquique?
No de manera explícita. Hay elementos que remiten al territorio, al desierto, al mar y a nuestra historia regional, pero la obra ocurre en cualquier lugar.
Es un espacio aislado, desértico, frío y abierto. Queríamos que pudiera conectar con personas de distintos contextos. Trabajamos desde lo particular hacia lo universal, no al revés. Por eso evitamos ubicar la acción en un lugar específico.
El arte de incomodar
Aunque evita situar la acción en un lugar preciso, Mario Guzmán reconoce que Tarapacá está presente en toda la obra. Los sonidos del desierto, las memorias compartidas y los personajes inspirados en experiencias reales forman parte de una propuesta que no busca entregar certezas, sino interpelar al espectador desde la incomodidad y la reflexión.
Sin embargo, hay personajes inspirados en figuras reconocibles de la historia local.
Sí. El personaje de Justo, interpretado por Alfredo «Chachán» Pizarro, surge de ciertas referencias históricas y humanas que existieron en la ciudad durante la dictadura.
Nos interesa mostrar cómo personas aparentemente comunes convivían con situaciones extraordinariamente violentas. Cómo alguien podía prestarte un teléfono para buscar a un familiar desaparecido y, al mismo tiempo, mantener vínculos con los aparatos represivos. Esas contradicciones también forman parte de nuestra historia.
La música tiene un rol protagónico dentro de la obra. ¿Por qué?
Porque la música es un personaje más. No está puesta para acompañar la acción, sino para intervenirla.
Nos interesaba que los sonidos irrumpieran en la conciencia de los personajes y del público. Cuando escuchamos el mar o el viento en escena, no son sonidos genéricos. Hay una búsqueda específica. Ese mar tiene una memoria, ese viento tiene una identidad.
Aunque la obra no transcurra explícitamente en Pisagua o en Tarapacá, esos elementos sonoros contienen una carga histórica y emocional que dialoga con el territorio.
¿Qué espera de la reacción del público?
No espero nada en particular. El arte siempre implica un riesgo y eso es precisamente lo interesante.
Estamos confrontando al espectador con preguntas incómodas. Durante más de un año trabajamos para construir un montaje que no entrega respuestas fáciles. Al contrario, busca instalar dudas.
La tragedia de la obra nos obliga a preguntarnos: ¿esto podría volver a ocurrir? Y esa pregunta sigue siendo completamente vigente.
¿Qué quiere dejar Cenizas en quienes la vean?
No queremos bajar consignas ni decirle al público qué pensar. Lo que buscamos es generar incomodidad y reflexión.
La obra habla del despojo de la memoria, de aquello que ocurre cuando una sociedad decide olvidar. Los personajes están atrapados en ese espacio porque no logran romper el cerco que los rodea.
Si el espectador sale del teatro haciéndose preguntas sobre su propia relación con la historia, con la memoria y con el presente, entonces la obra habrá cumplido su propósito. Porque Cenizas es, finalmente, una obra sobre nosotros mismos y sobre las huellas que seguimos cargando.
Cierre
Con una trayectoria que se despliega entre Bélgica y Chile, Mario Guzmán ha convertido la investigación, el testimonio y la memoria en ejes permanentes de su trabajo artístico. En Cenizas, esa búsqueda encuentra una de sus expresiones más profundas: una obra que recoge fragmentos de historias individuales y colectivas para transformarlas en una experiencia escénica que interpela al público desde la emoción y la incertidumbre. Más que reconstruir el pasado, la propuesta del colectivo Sudaka invita a preguntarse qué hacemos hoy con aquello que aún permanece entre las ruinas de nuestra memoria.













