«Quien hace política aspira al poder; al poder como medio para la consecución de otros fines o al poder por el poder».
Max Weber — La política como vocación (1919).
En Tarapacá, las derrotas políticas no siempre comienzan en las urnas. A veces comienzan mucho antes, cuando un teléfono deja de sonar, cuando las invitaciones comienzan a escasear o cuando aquellos que juraban lealtad descubren, repentinamente, que tienen compromisos en otra parte. Nadie anuncia que un dirigente ha comenzado a caer. Simplemente, algunos dejan de acompañarlo. Y cuando finalmente llega la derrota, muchos de quienes contribuyeron a su aislamiento aparecen explicando, con sorprendente naturalidad, que su caída era inevitable.
Así funciona una de las dimensiones menos románticas de la política. Una actividad que se presenta ante la ciudadanía como el noble ejercicio del servicio público, pero que también constituye una lucha permanente por conquistar, conservar y distribuir el poder. Y Tarapacá, con sus particularidades territoriales, sus liderazgos históricos, sus redes de influencia y sus aspirantes a sucederlos, no escapa a esa realidad.
La política regional tiene algo de pueblo pequeño y de selva inmensa. Todos se conocen, muchos se saludan, algunos se abrazan y no pocos comparten fotografías sonrientes. Pero detrás de esa cordialidad conviven ambiciones que rara vez se confiesan. Porque en política una cosa es lo que se declara ante los micrófonos y otra, muy distinta, lo que se negocia cuando se apagan.
En esta selva hay liderazgos consolidados, aspirantes silenciosos, dirigentes que esperan su oportunidad y otros que todavía no comprenden que han comenzado a perder influencia. Hay quienes ocupan cargos, pero no controlan las decisiones; y quienes, sin necesidad de aparecer demasiado, conservan relaciones suficientes para influir en candidaturas, alianzas y negociaciones. El poder no siempre está sentado en el sillón principal. A veces está al otro extremo del teléfono.
Y hay una regla especialmente incómoda: en política, la debilidad suele advertirse antes de que el propio debilitado sea capaz de reconocerla.
El político experimentado sabe leer esas señales. Observa quién deja de defender públicamente a una autoridad, quién comienza a tomar distancia, quién evita aparecer en determinadas fotografías y quién empieza a construir relaciones con sus posibles sucesores. Son movimientos que, considerados aisladamente, pueden parecer insignificantes. Pero juntos pueden revelar que el equilibrio del poder está cambiando.
Entonces aparece el político cazador.
No necesariamente es el que más grita ni el que exhibe mayor agresividad. Muchas veces es aquel que parece prudente, conciliador y desinteresado. Escucha, observa, espera. Comprende que enfrentarse a un liderazgo fortalecido puede resultar costoso, pero disputar su espacio cuando ha comenzado a debilitarse puede abrir una oportunidad. No necesita provocar todas las crisis. Le basta con reconocer cuándo una crisis altera las lealtades y permite reorganizar los apoyos.
Es una conducta posible dentro de la competencia política, no una descripción de todos sus participantes. Pero ayuda a comprender por qué, cuando un dirigente atraviesa dificultades, sus adversarios pueden multiplicarse y algunos de sus antiguos colaboradores comenzar a mirar hacia otros liderazgos.
La política tiene esa crueldad: mientras unos intentan recuperarse, otros ya están calculando cómo ocupar el espacio que podría quedar disponible.
Y lo verdaderamente inquietante es que el competidor más próximo no siempre pertenece a la oposición.
En Tarapacá, como en cualquier sistema político, las rivalidades internas pueden resultar tan intensas como las disputas entre sectores ideológicamente opuestos. Porque el adversario de otro partido compite por un proyecto diferente, pero el compañero de militancia puede aspirar exactamente al mismo cargo, a la misma candidatura o al mismo liderazgo.
Comparten discursos, símbolos y fotografías. Pero también compiten por espacios que no alcanzan para todos.
Aquí aparece una paradoja: un partido necesita unidad para conquistar el poder, pero sus integrantes pueden terminar enfrentados cuando llega el momento de distribuirlo. La victoria colectiva no elimina las ambiciones individuales. En ocasiones, las hace más visibles.
Por eso, en la política regional resulta indispensable distinguir entre amigos, aliados, cercanos y compañeros de partido. No son lo mismo. Un amigo puede acompañar una derrota. Un aliado sostiene un compromiso mientras existan razones para hacerlo. Un cercano tiene acceso. Y un compañero de partido comparte una organización, pero no necesariamente el mismo futuro político.
Las lealtades auténticas existen y son indispensables para construir proyectos duraderos. El problema comienza cuando los dirigentes confunden la cercanía circunstancial con la fidelidad permanente.
El poder convoca multitudes, pero no todas están allí por las mismas razones.
Tarapacá ofrece, además, una característica que vuelve particularmente compleja esta competencia: su poder está distribuido entre distintos espacios. Las municipalidades, el Gobierno Regional, el Consejo Regional, la representación parlamentaria, la Delegación Presidencial y las estructuras partidarias poseen atribuciones diferentes, pero sus decisiones pueden encontrarse en un mismo territorio.
Una autoridad puede disponer de respaldo electoral y necesitar acuerdos con otras instituciones para sacar adelante sus proyectos. Otra puede tener acceso al Gobierno central, pero carecer de suficiente influencia local. Y un dirigente partidario puede no poseer ningún cargo de elección popular, pero participar en decisiones fundamentales para el futuro de sus correligionarios.
La reciente discusión del Presupuesto 2027 ofrece un ejemplo concreto de esta interdependencia. Las advertencias del gobernador José Miguel Carvajal ante el Congreso sobre el financiamiento de inversiones regionales muestran que disponer de proyectos y respaldo territorial no elimina la necesidad de negociar decisiones adoptadas a nivel nacional.
No se trata necesariamente de una confrontación personal. Se trata de comprender dónde se encuentran las atribuciones, quién toma las decisiones y qué actores necesitan cooperar para producir resultados.
Esa es una dimensión esencial del poder que suele quedar oculta bajo los titulares.
En Iquique, Alto Hospicio y las comunas del Tamarugal, la política también se desarrolla mediante relaciones construidas durante años. Hay liderazgos asociados a trayectorias personales, identidades locales, organizaciones sociales y vínculos territoriales que no siempre pueden comprenderse únicamente desde las etiquetas partidarias.
Pero esas redes también pueden cambiar. Los nombres que ayer parecían indispensables pueden enfrentar nuevos competidores. Y quienes hoy construyen sus primeras alianzas pueden estar pensando en espacios que todavía no se encuentran disponibles.
Con las elecciones municipales y regionales de 2028 en el horizonte, esa dimensión adquiere una importancia evidente. Antes de que aparezcan las candidaturas definitivas, los distintos sectores deberán resolver quiénes buscan continuidad, quienes aspiran a disputar espacios y bajo qué condiciones podrán construir acuerdos.
Porque las elecciones son la parte visible de la competencia. Mucho antes se desarrolla otra disputa: la que define quién consigue respaldo, quién logra ser considerado y quién termina fuera de las negociaciones.
En la selva política, no basta con querer competir. Primero hay que conseguir que otros acepten abrirte un espacio.
Y aquí aparece la figura del débil.
Conviene entenderla correctamente. La debilidad política no equivale a falta de inteligencia, honestidad o capacidad profesional. Puede significar carecer de apoyos suficientes, perder legitimidad dentro de una organización, no disponer de recursos políticos o simplemente quedar aislado frente a competidores mejor articulados.
Un dirigente puede tener buenas ideas y poca influencia. Puede poseer una trayectoria respetable y no contar con una organización capaz de sostener sus aspiraciones. Incluso puede representar convicciones genuinas y descubrir que esas convicciones no son suficientes para resolver una disputa de poder.
La política no recompensa automáticamente la virtud ni castiga inevitablemente el oportunismo. Sus resultados dependen de ciudadanos, instituciones, organizaciones, estrategias y circunstancias.
Eso explica por qué algunos liderazgos sobreviven a sucesivas derrotas y otros desaparecen después de un solo traspié. Unos conservan redes que permiten reconstruirse. Otros descubren que buena parte de su influencia dependía exclusivamente del cargo que ocupaban.
La caída del poder revela diferencias que el éxito suele ocultar.
Sin embargo, sería un error concluir que todos los políticos actúan exclusivamente movidos por cálculos personales. Existen diferencias ideológicas reales, compromisos públicos legítimos y dirigentes capaces de sostener principios incluso cuando hacerlo tiene costos. La política democrática necesita ambición, pero también necesita límites, responsabilidad y confianza.
El peligro aparece cuando la supervivencia política se transforma en el único criterio de éxito.
Cuando eso ocurre, las ideas pasan a segundo plano, las alianzas se vuelven instrumentos desechables y los ciudadanos terminan observando una competencia donde los protagonistas discuten intensamente por los cargos, pero no siempre con la misma intensidad por los problemas de la región.
Tarapacá no puede darse ese lujo.
Una región que necesita resolver desafíos de seguridad, vivienda, infraestructura, conectividad, desarrollo económico y servicios públicos requiere algo más que dirigentes hábiles para mantenerse vigentes. Necesita autoridades capaces de construir acuerdos, incluso con quienes compiten por el poder.
Porque existe una diferencia enorme entre saber ganar una elección y saber gobernar después de haberla ganado.
Y esa quizás sea la mayor contradicción de nuestra selva política: algunos pueden invertir enormes esfuerzos en conquistar posiciones, pero encontrar muchas más dificultades cuando deben transformar esas posiciones en soluciones.
La próxima batalla política regional no comenzará con la inscripción de las candidaturas. Ya se está preparando en las aspiraciones, los acuerdos, las diferencias y las decisiones de quienes participan en la vida pública. Pero nadie debería confundir ese proceso con un desenlace escrito de antemano. En democracia, ninguna red de influencia reemplaza definitivamente el juicio de la ciudadanía.
La selva del poder puede ser inmisericorde. Tiene competidores atentos a las debilidades ajenas, alianzas que se transforman y dirigentes que descubren demasiado tarde que estar rodeados no significaba estar acompañados.
Pero su mayor peligro no es que algunos caigan. Es que todos terminen convencidos de que para sobrevivir deben comportarse de la misma manera.
Porque, al final, lo verdaderamente preocupante no es que la política vaya dejando dirigentes en el camino. Es que, en medio de tanta lucha por llegar al poder, Tarapacá termine quedándose sin quienes recuerden para qué querían alcanzarlo.
En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.













