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Jul·26

El verdadero mito económico: negar el estancamiento iniciado en Bachelet II | Agustín Rendic

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Agustín Rendic Ingeniero en Control de Gestión, UNAP Postítulo en Economía y Finanzas, USACH Integrante OET, Observatorio Económico Tarapacá

Las declaraciones del exministro Nicolás Grau, quien sostuvo que la denominada “megarreforma” del actual gobierno “se funda en el mito de que la economía perdió dinamismo durante el gobierno de Michelle Bachelet”, merecen una respuesta basada en evidencia y no en relatos políticos.

En economía, los diagnósticos no se construyen sobre percepciones ni consignas ideológicas. Se construyen sobre estadísticas, productividad, inversión y crecimiento potencial. Y precisamente son esos indicadores los que desmienten la afirmación del exministro.

El dato más categórico proviene de las Cuentas Nacionales del Banco Central. La Formación Bruta de Capital Fijo (FBCF), el principal indicador de inversión productiva, alcanzó —a precios encadenados— un máximo cercano a $12,7 billones en el segundo trimestre de 2012. Catorce años después, en el primer trimestre de 2026, la inversión se mantiene prácticamente en el mismo nivel, alrededor de $12,5 billones. La conclusión es difícil de controvertir: durante catorce años Chile prácticamente no aumentó su capacidad productiva. Una economía cuya inversión permanece estancada por más de una década difícilmente puede calificarse como una economía dinámica.

La inversión constituye el principal determinante del crecimiento de largo plazo. Sin inversión no existe aumento de productividad; sin productividad no hay incrementos sostenidos en los salarios reales; sin crecimiento potencial disminuye la creación de empleo formal y cae la capacidad del Estado para financiar políticas sociales. Esta secuencia constituye uno de los consensos más sólidos de la teoría económica moderna.

Los datos macroeconómicos refuerzan ese diagnóstico. Durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, el crecimiento promedio del PIB se redujo hasta aproximadamente 1,6% anual, muy por debajo del promedio observado entre 1990 y 2013, período en que Chile creció cerca de un 5% anual.

Más relevante aún es que dicha desaceleración comenzó antes del deterioro del escenario internacional y coincidió con un profundo cambio institucional generado por reformas estructurales que alteraron los incentivos a invertir. La reforma tributaria de 2014, el aumento de la incertidumbre regulatoria, mayores costos laborales y un progresivo incremento de la denominada “permisología” deterioraron significativamente las expectativas empresariales.

No se trata de una interpretación aislada. Diversos economistas de distintas sensibilidades, junto con comisiones técnicas convocadas durante los últimos años, han advertido que la pérdida de dinamismo de la economía chilena coincide con el deterioro del clima de inversión iniciado en ese período. Los resultados posteriores son conocidos: Chile pasó de crecer sistemáticamente sobre el 5% anual a registrar expansiones cercanas al 2%, mientras el crecimiento potencial estimado por el Banco Central se redujo de manera persistente. Paralelamente, la productividad prácticamente dejó de avanzar y la inversión perdió protagonismo como motor del desarrollo.

La megarreforma constituye, en los hechos, un reconocimiento implícito de que Chile enfrenta un serio problema de trabas regulatorias. Su objetivo no es favorecer a un sector económico en particular, sino recuperar la capacidad del país para atraer inversión, generar empleo y aumentar el crecimiento potencial.

La lógica económica es sencilla. La inversión no beneficia únicamente al empresario que arriesga capital; beneficia a toda la sociedad mediante la creación de empleo, mayores salarios, innovación tecnológica y una base tributaria más amplia para financiar políticas públicas. No existe experiencia internacional de un país que haya alcanzado el desarrollo sostenible sin un proceso robusto y persistente de acumulación de capital.

Negar que Chile perdió dinamismo económico desde mediados de la década pasada equivale a desconocer la evidencia acumulada por el Banco Central, el Fondo Monetario Internacional, la OCDE y múltiples centros de estudio nacionales e internacionales. El debate democrático exige confrontar ideas, pero también exige honestidad intelectual. Cuando los datos muestran que la inversión lleva más de una década estancada, que el crecimiento potencial se redujo significativamente y que la productividad permanece prácticamente inmóvil, resulta difícil sostener que la pérdida de dinamismo corresponde simplemente a un “mito”.

La discusión relevante no consiste en reescribir la historia económica reciente, sino en aprender de ella. Chile necesita recuperar la confianza para invertir, reducir las barreras regulatorias, fortalecer la productividad y volver a crecer de manera sostenida. Ese es el verdadero desafío. Negarlo no cambia los hechos; simplemente retrasa las soluciones.


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.

Comentarios

  • Hernán maldonado

    Me parece muy acertado el comentario de Agustín Rendic.
    Si la economía de un país no crece, esto disminuye la confianza del empresariado en invertir y por consecuencia cae la generación de empleo lo que obliga al Estado a endeudarse para mantener las políticas sociales, eso coincide con el progresivo endeudamiento del estado chileno.

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