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Ago

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[ Opinión] Meditar antes de tomar decisiones al término de un amor | Nelson Mondaca Ijalba

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Nelson C. Mondaca Ijalba
nmonijalba@gmail.com

Llegó el mes más temido por las personas de la tercera edad: el famoso mes de los gatos, agosto. Para Chile, especialmente la zona central y sur, se comienzan a sentir los rigores del cambio climático. Los frentes de mal tiempo vuelven a poner en alerta máxima a nuestras autoridades y, en general, a quienes habitan en esos lugares. Los desastres de la naturaleza son cada vez más impactantes.

En contraste con esta situación meteorológica, en el Norte Grande nos vemos alejados de tan terribles consecuencias del clima rudo de invierno. Por ejemplo, ayer en el balneario de Cavancha, al mediodía, se disfrutaba un maravilloso sol de primavera. Somos altamente bendecidos por tener esta costa marítima y una naturaleza casi paradisíaca entre cordillera y mar.

Por supuesto, el invierno en el Altiplano golpea fuertemente a los poblados del interior de nuestra Región de Tarapacá. Por las enormes distancias que nos separan, solo nos alcanzan nubes negras que cubren los cielos y, de vez en cuando, una leve y linda llovizna. Más que eso, estaríamos en serios problemas. En las últimas décadas, Iquique ha tenido un crecimiento de viviendas sólidas, edificios modernos y desarrollo urbanístico, atraído por la Zofri, la minería y el turismo. En fin, el Iquique del otrora salitrero y pesquero sigue más presente que nunca. Es cosa de visitar el Teatro Municipal y el Reloj de la Plaza Prat. Espero que el edificio de la ex Aduana reciba los recursos necesarios para su pronta restauración, sumando otra obra patrimonial al circuito histórico de la ciudad. Tengo la certeza de que a muchos en Santiago les importa un rábano.

De estos pensamientos, me parece prudente resaltar las buenas obras y acciones que realizan hombres y mujeres en momentos difíciles y complejos de nuestra sociedad. Hay instituciones públicas y privadas que enaltecen la labor humanitaria que cumplen con esmero y prolijidad. El orden en que las menciono no indica prioridad. La primera que se me viene a la mente es la Cruz Roja, ubicada en calle Latorre con Obispo Labbé. La conocí desde mi infancia escolar: nos brindaron alimentación de primera clase y nos asistieron en nuestras primeras enfermedades. Profesionales dignas y con un amor por el prójimo hasta las lágrimas.

Enseguida vienen los queridos Bomberos, un hermoso ejemplo de sacrificio y valentía; mis héroes anónimos del presente. Entre varias organizaciones sin fines de lucro que atienden a adultos mayores y personas con necesidades especiales, está “Paul Harris”. Una misión silenciosa, incesante y esmerada. La recuerdo bien por una funcionaria de Zofri que siempre hacía diligencias para brindar apoyo y cariño a las personas que albergaba esa institución. Así como esta, existen otras. Por espacio no puedo nombrarlas a todas, pero existen y sobreviven.

Ahora abordaré un asunto que me quita el sueño. Todos estamos de acuerdo en que el mundo cambió, y cambió para siempre. Los que venimos del siglo pasado lo sabemos muy bien.

Cuando uno se enamoraba, el hombre tenía que pedir permiso a los padres de la niña para pololear o cortejarla. Ni pensarlo si eras menor de 18 años. El consumo de alcohol estaba prohibido. Ir a una fiesta era toda una odisea. En la escuela, el profesorado estaba autorizado para “castigarte”. Era obligación ser “semanero”, y “la letra con sangre entra”, decía mi apoderado. Había que ser alumno disciplinado, limpio y virtuoso, con notas superiores a 4. Los recreos eran verdaderos tiempos de hidratación, esparcimiento y deporte. Esos tiempos se extendían a los hogares: padres y apoderados de clase alta y media invitaban a los compañeros de sus hijos a compartir el almuerzo o la once. Sin discriminación social participábamos en actividades inolvidables para quienes estudiamos juntos.

Las notas se ganaban con esfuerzo, disciplina y mérito. Todo había que ganárselo a “puro ñeque”, como decía mi querido abuelo pampino. Lo cierto es que aprendías tempranamente valores morales, derechos sociales, cristianos y políticos. El amor a la verdad y enfrentar sus consecuencias. El miedo a la mentira y perder, que es parte de la vida.

A nadie se le enseñó a ser padre. Vamos asumiendo responsabilidades en la medida que crecemos. Somos producto de las enseñanzas y ejemplos del medio. Antes uno se casaba para toda la vida; ahora no. Los matrimonios duran, en la mayoría de los casos, lo que dura una fruta madura. Se puede afirmar que uno cambia el amor de su vida por otro amor en la misma vida.

En los tiempos que corren, muchas parejas terminan sus relaciones por diversos motivos, y cientos de razones pueden justificar tales decisiones. Si cambia el mundo, las vidas también cambian. Algunas veces es más visible, otras no. Como sea, todos pueden abrirse paso en medio de las tempestades. Nada: hay que comenzar de nuevo y punto.

Lo trágico es cuando hay hijos de por medio. Mi sano consejo, si lo toman a bien, es que el término de una relación de amor no tenga consecuencias para sus infantes o adolescentes, si los tuvieran. Creo que la madre o el padre no pueden “castigar” a esos menores, privándolos de su derecho a la libertad y la felicidad. Meditemos bien estas decisiones. Si no se pone fin amistosamente, será la Justicia la que determine cómo se continúa adelante. La pregunta que surge es: ¿qué culpa tienen sus hijos? Creo que ninguna. Entonces, velen por ellos. En estas últimas semanas he visto cuatro casos de esta naturaleza. Por esta razón hago estas reflexiones en este medio escrito y digital.

Ahora iré a conversar con la soledad y a meditar con los ángeles que me asisten. No hay mañana sin ayer, ni mal que dure cien años. Muchas gracias.

Nelson C. Mondaca Ijalba


En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.


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