
Ingeniero control gestión UNAP
Post. economía y finanzas USACH
Economista observatorio económico Tarapacá.
Uno de los debates económicos que reaparece cada año en Chile es el relativo al salario mínimo. Aunque suele presentarse como una discusión de alto impacto social, la realidad es que cada vez son menos los trabajadores que perciben exactamente el ingreso mínimo legal. En consecuencia, su relevancia práctica en el mercado laboral es menor que décadas atrás, transformándose muchas veces en una señal política más que en una herramienta económica determinante.
Desde una perspectiva económica, las remuneraciones no se fijan en función de las necesidades personales de cada trabajador, sino del valor que ese puesto aporta al proceso productivo. En otras palabras, las empresas determinan salarios considerando la productividad marginal del trabajo: cuánto contribuye una función específica a la generación de ingresos. Por esta razón, dos personas con distintas cargas familiares pueden recibir la misma remuneración desempeñando idénticas funciones. Si los salarios se definieran según las necesidades individuales de cada trabajador, las estructuras salariales serían prácticamente imposibles de administrar y generarían importantes distorsiones.
Una crítica frecuente al sistema actual es que el reajuste del salario mínimo suele transformarse en una negociación política anual entre gobierno, empresarios y trabajadores. Esto genera incertidumbre y, en ocasiones, desconecta las decisiones salariales de las condiciones reales de la economía.
Una alternativa sería establecer una fórmula técnica de ajuste, similar a la utilizada en algunas tarifas reguladas. Bajo este mecanismo, el salario mínimo podría reajustarse automáticamente considerando variables objetivas como crecimiento económico, productividad, nivel de empleo, evolución de las ventas e inflación. De esta manera, el debate dejaría de centrarse en criterios políticos y pasaría a sustentarse en parámetros económicos verificables.
Más allá del mecanismo de reajuste, existe una discusión aún más profunda: si el salario mínimo debe existir o no. La teoría económica introduce aquí el concepto de salario de reserva, entendido como la remuneración mínima que cada persona está dispuesta a aceptar para trabajar. Este monto es diferente para cada individuo y depende de sus expectativas, necesidades y alternativas disponibles. Bajo esta lógica, algunas personas desempleadas podrían estar dispuestas a aceptar empleos con remuneraciones inferiores al salario mínimo vigente. Si la legislación lo impide, esos trabajadores permanecen fuera del mercado laboral.
Quienes cuestionan la existencia del salario mínimo sostienen que permitir acuerdos voluntarios entre empleador y trabajador facilitaría la incorporación de personas actualmente desempleadas, especialmente jóvenes, trabajadores con baja calificación o personas que buscan reinsertarse laboralmente. Los defensores de esta visión argumentan que una menor barrera de entrada al empleo podría reducir el desempleo y aumentar la actividad económica. Además, a medida que disminuye el desempleo y aumenta la demanda por trabajadores, las propias empresas se verían obligadas a mejorar las remuneraciones para retener talento, generando una presión alcista sobre los salarios sin necesidad de una fijación legal.
Chile vivió períodos cercanos al pleno empleo durante la década pasada, cuando ciertos sectores productivos enfrentaban dificultades para encontrar trabajadores. En esos contextos, la competencia entre empresas impulsó aumentos salariales de manera natural debido a la escasez relativa de mano de obra.
Como reflexión final, la discusión sobre el salario mínimo no debería reducirse únicamente a cuánto subir cada año. La verdadera pregunta es cuál es la mejor forma de compatibilizar protección social, generación de empleo y crecimiento económico. Si se mantiene el salario mínimo, probablemente sería deseable avanzar hacia un mecanismo de ajuste más técnico y menos político. Y si se cuestiona su existencia, el debate debe considerar cuidadosamente los efectos sobre el empleo, la productividad y el bienestar de los trabajadores más vulnerables. Porque, al final, una economía saludable no se mide solamente por cuánto ganan quienes tienen trabajo, sino también por las oportunidades que ofrece a quienes aún están buscando incorporarse al mercado laboral.
En El Sol de Iquique creemos en estar siempre del lado de la gente y con los ojos bien abiertos sobre quienes toman decisiones. Pero también somos un medio pluralista: las opiniones que aquí se publican son responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan lo que piensa este medio.













